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TEORÍA Y PRAXIS No. 34, Enero-Julio 2019
general, poco conocidas. Para él, la complejidad de estas teologías son el reejo
de la complejidad de ese continente.
En las primeras páginas se destaca la existencia de la diversidad de identidades,
producto de la visión plural de la realidad y de un ethos transversal de la
comprensión del «otro», el cual, a su vez, no se entiende al margen de la
comprensión de la «colectividad». Este ethos, dice, no aspira reconciliar las
diferencias para alcanzar la concordia y la armonía, sino que busca promover el
diálogo interreligioso que parte del pluralismo de las religiones existentes como
imperativo para la convivencia (cf. pp. 121-124).
También se describe el contexto socioeconómico de la región asiática, marcado
por las cicatrices del colonialismo que han creado múltiples manifestaciones de
dependencia en el pensar, en los estilos de vida, en la organización política, en la
actividad económica, en las relaciones sociales y en la cultura. El texto destaca
que la dependencia económica de estos países se ve reforzada por organismos
internacionales -BM, FMI, OMC-, en cuanto que imponen un modelo de desarrollo
que, contrario a lo esperado, genera un mayor grado de subdesarrollo (cf. pp.
124-125).
Seguidamente, Tamayo introduce el tema del nuevo paradigma de las teologías
asiáticas. Citando a Félix Wilfred dice que a ellas les sucede lo que a la teología
india: «se aburren con cualquier doctrina en términos de sistemas y expresan
sus sospechas hacia los excesos de verbalización occidental» (p. 126). Detalla,
también, que estas teologías parten de las experiencias de opresión y colonización
vividas entre la conformidad y la resistencia y orientada hacia la propia liberación
y que se están desarrollando conforme a claves como: el pluriverso lingüístico,
religioso y cultural; el diálogo intercultural, interreligioso e intercosmovisional;
el encuentro con los grandes sistemas religiosos; las espiritualidades populares
ancestrales y la ubicación en el lugar de los pobres. Un último detalle sobre
estas teologías es que recurren a las ciencias sociales para hacer un análisis de la
realidad y que subrayan la profunda interrelación e interacción entre losofía y
religión (cf. pp. 126-128).
Llegados a este punto del capítulo, Tamayo centra su atención en dos de las
líneas principales por las que, en su opinión, discurren las teologías asiáticas: la
de la liberación -deteniéndose en cada una de ellas- y la de las religiones.
Respecto a la teología de la liberación en Asia analiza las siguientes: dalit en la
India, minjung en Corea del Sur, de la lucha en Filipinas, islámica, hindú, budista,
confuciana, judía y palestina (cf. pp. 133-151). Y respecto a la teología de las
religiones dice que ellas se desarrollan en diálogo con las religiones orientales y
en contacto con colectivos interreligiosos comprometidos con la liberación de los
sectores más vulnerables del continente asiático. Destaca que la aportación más
importante a esta teología es la de Aloysius Pieris, que adopta una actitud crítica
hacia la teología del pluralismo religioso elaborada en otros ámbitos culturales
y religiosos. Aquí se impone la pregunta: ¿hay lugar para Cristo en Asia? La
respuesta de Tamayo es negativa en relación a los cristos que se ha pretendido
exportar desde occidente; ahí, dice, más bien es necesaria una cristología guiada
por una intencionalidad liberadora desde el imperativo ético de la opción por los