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TEORÍA Y PRAXIS No. 34, Enero-Julio 2019
Reseña de libros
ISSN 1994-733X, Editorial Universidad Don Bosco,
year 17, No.34, January-July 2018, p. 143-149
iISSN 1994-733X, Editorial Universidad Don Bosco,
año 17, No.34, Enero-Julio de 2019, p. 143-149
No. 34
Sobre morir y sobre vivir en El
Salvador
Walter, K. (2018). La muerte violenta como realidad cotidiana: El
Salvador, 1912-2016. San Salvador: AccesArte. ISBN: 978-99961-303-
1-1.
Carlos Iván Orellana
1
La violencia en El Salvador es uno de los fenómenos sociales que más tinta ha
hecho correr en las últimas tres décadas. Es una musa horrenda con rasgos
grotescos de la que, sin embargo, no se puede apartar la mirada ni negarle cada
tanto algunas palabras. Tal vez así –pensamos– nalmente nos mostrará sus feos
pero verdaderos rostros, lo que siempre entraña el riesgo –tememos– de reconocer
el nuestro en los suyos. El libro del historiador Knut Walter (2018), La muerte
violenta como realidad cotidiana: El Salvador, 1912-2016, que ahora reseño, se
suma a este cortejo epistemológico en el que la violencia histórica en El Salvador
funge como objeto de reexión mientras de reojo nos permite ver al país como
catalizador de su evolución y como proyecto de sociedad.
Los estudios sobre violencia extrema ineludiblemente nos dicen algo de la vida
social que circunda y es producida por aquella. Este libro trata sobre una forma
especíca de morir, la muerte violenta, una sobremuerte, un desborde de vidas
perdidas de forma brutal. Pero, por lo mismo, también se trata de una reexión
que expone conguraciones de vida social –individual, familiar, institucional,
cultural– que se articulan alrededor de y debido a la muerte violenta, y esa forma
de vida siempre al límite que constituye sobrevivir en un contexto inhóspito como
1
Doctor en Ciencias Sociales. Investigador de la Universidad Don Bosco, Facultad de Ciencias
Económicas. e-mail: ivan.orellana@udb.edu.sv
Sobre el morir y vivir en El Salvador
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el salvadoreño. En este país se muere y se sobremuere, se vive y se sobrevive. A
partir de la pregunta básica “¿por qué ha sido tan violenta la sociedad salvadoreña?”
(p. 21), Walter realiza un recorrido por un siglo de la historia nacional donde el
homicidio o la muerte violenta, en cuanto que actos “tipicados, perseguidos y
castigados” por el Estado, es la protagonista.
Algunas características del texto en cuanto tal son destacables. El estilo de
escritura facilita una lectura uida y amena, cuestiones que cualquier estudioso
de la violencia agradece, dado que escudriñar la violencia suele acompañarse
de cierta ansiosa repulsión por salir cuanto antes del texto en estudio. Walter
aclara delimitaciones conceptuales y emplea preguntas de investigación
para avanzar su argumentación, gestos académicos que nos recuerdan que se
arranca con compromisos y renuncias conceptuales y con dudas, pues lo que se
cuenta más que la historia es en realidad una construcción histórica. Pero la
construcción no implica fabulación. Es ensamble y contraste particular de datos,
hechos, entrevistas y análisis de procesos cuya validez, cual concreto en proceso
de secado, va ganando solidez conforme progresa la lectura. Tal entramado
encuentra su sostén en la laboriosa columna vertebral de cifras compiladas y
clasicadas a lo largo de un siglo –algo más que agradecer– que nos dicen que el
todo resultante puede ser interpretado como el autor lo ha hecho. Por si fuera
poco, cuando lo usual en nuestro medio es encontrar lecturas focalizadas sobre
la violencia (e.g., la matanza del 32, la guerra, las pandillas), el libro apuesta
por una mirada comprehensiva, de larga data, mientras aventura posibles pistas
explicativas en cada momento histórico.
Por todo lo dicho –lectura amigable, pedagogía investigativa básica, amplitud
expositiva y esfuerzo explicativo- el libro de Walter constituye una herramienta
académica útil para “violentólogo/as”, neótos/as y experimentados/as. Cabe
considerarlo además como un libro idóneo para el estudio introductorio de la
violencia y la muerte violenta en el país en el ámbito de la educación superior
pero debería ser considerado para ser usado también en bachillerato.
El libro cuenta con cinco capítulos, además de su introducción, donde se exponen
algunos de los aspectos recién mencionados. El primer capítulo, El Estado y la
violencia, aborda la evolución de marcos normativos, tipicaciones y sanciones
de delitos desde nales del siglo XIX hasta antes del inicio de la guerra. Las leyes y
sus evoluciones toman cuerpo, literalmente, con la emergencia y caracterización
de los “cuerpos de seguridad”, esos que permanecen en la memoria autoritaria
salvadoreña hasta hoy (Patrullas cantonales, la Guardia Nacional, la Policía de
Hacienda y la Policía Nacional). En ese período, desde entonces y también como
hasta hoy, se reconoce la inecacia generalizada del sistema judicial y el sistema
carcelario.
Este capítulo parece conceder razón a la mutación de los estados punitivos
modernos (Foucault, 2000) que progresivamente cambian el suplicio público por
la pena privada (e.g., abolición de pena de muerte en el Código penal de 1997,
simplicación terminológica de las penas, aumento de años de encarcelamiento).
Asimismo, en claro cuestionamiento de la efectividad moderna aunque no de la
punitividad del estado salvadoreño, en este primer capítulo se avizoran serias
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fallas institucionales, problemas y dinámicas sociales que solo se cronicarán con
el paso del tiempo (i.e., arbitrariedad de en la aplicación de la ley, impunidad,
hacinamiento carcelario, visión moralista del transgresor, alcoholismo, vigilancia
social, venganzas personales).
El capítulo 2, cuenta con un nombre inequívoco: La violencia social: magnitudes,
distribución, tendencias. Es decir, la muerte codicada como cifra que oscila y
se despliega en un espacio geográco dado; en especial las tasas de homicidio
en los 14 departamentos del país. Desde un punto de vista teórico y analítico, y
a propósito de posibles intereses didácticos ulteriores, son importantes algunas
de las precauciones y aclaraciones con las que Walter abre el capítulo: las
cifras siempre conllevan un margen de error debido a la calidad de los registros
disponibles y porque el objeto de estudio está supeditado a las deniciones que
del mismo se tengan. Aunque la muerte violenta nos parezca una realidad dada
inobjetable, como reere Walter, en los primeros años del Anuario Estadístico
la muerte accidental y la homicida se categorizan como muertes por “causa
externa”. Entre 1920 y 1930 tal clasicación cambió a “muertes violentas” y es
hasta el decenio de 1940 cuando se precisa y emplea la categoría “homicidio”,
hasta ahora.
Con base en el Anuario Estadístico, Walter construye una fotografía de los
homicidios acaecidos en el país durante tres períodos históricos: 1912-1949, 1950-
1979 y 1992-2015 (p. 55). Mucho de la “intención” detrás de esta periodización
reside en ofrecer escenarios históricos que pivotan en torno al decenio de 1950:
antes de esta década se identica un estado liberal poco inclinado a la inversión
social, una población mayoritariamente rural y un modelo económico de corte
agrícola. Después y hasta antes del inicio del conicto armado, un estado
desarrollista y procesos de urbanización. De 1992 en adelante (la guerra por
sus propias peculiaridades no entra en este recorrido histórico), se describen
las dinámicas y transformaciones socioeconómicas complejas que se precipitan
entonces y que dibujan a El Salvador contemporáneo (i.e., remesas, migración,
criminalidad, modelo económico neoliberal, etc.).
Comentar las variaciones de las tasas de homicidio acapararía la presente
reseña; al lector del libro tocará su revisión en detalle. Preero destacar que el
autor ofrece hipótesis y explicaciones generales pero convincentes sobre dichas
evoluciones en los distintos momentos históricos (e.g., cambios en la actividad
productiva, el papel de la autoridad del Estado, cambios demográcos, etc.) y
cada uno de ellos se presta para una profundización especíca y mayor.
En este amplio recuento de muertes violentas es posible rescatar cuatro
estabilidades analíticas fundamentales del siglo analizado por Walter. Primero,
que la tasa de homicidio siempre ha sido epidémica; segundo, los hombres
siempre han sido quienes más matan y mueren; tercero, siempre han sido los
jóvenes –y cada vez más jóvenes- y los adultos jóvenes las víctimas más frecuentes
(las cuatro grácas, entre la 3 y la 6, fotografían casi el mismo tipo de víctima
durante décadas); cuarto, a propósito del protagonismo que comienzan a cobrar
las armas de fuego desde 1970, cabe decir que siempre ha existido un proceso
de diversicación e intensicación de la letalidad en el ejercicio de la violencia
Sobre el morir y vivir en El Salvador
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(comparar cuadros 15 y 17).
Los capítulos 3 y 4, constituyen capítulos nominalmente gemelos, pero no
idénticos. El capítulo 3, se intitula La violencia social antes del conicto armado:
circunstancias y detonantes, mientras que el cuarto, La violencia social después
del conicto armado: circunstancias y detonantes. El conicto armado funge en
la obra como un umbral cuyo tránsito, sin embargo, no impide la persistencia y
la complejización de la violencia
2
.
El capítulo 3 está situado en un contexto esencialmente rural. Identica el
enraizamiento profundo de la imbricación entre la justicia formal y la popular.
Expone cómo la idiosincrasia, la impulsividad, el tribalismo o la restitución
del honor masculino, coexisten y corroen la aplicación de las leyes vigentes.
Entre otras razones porque los mismos aplicadores de las leyes también tienden
a subvertir sus propios mandatos, en un bucle interminable de arbitrariedad y
contingencia que resquebraja el estado de derecho. Este capítulo se articula
a partir de la revisión –bastante amena por cierto– de casos judiciales donde
resaltan el inmediatismo volátil de la circunstancia y lo pintoresco de los
detonantes: la muerte violenta está a la vuelta de la esquina debido a riñas,
enemistades, pasiones desbordadas, pleitos por propiedades y por la intervención
de la autoridad y hasta debido a la hipersensibilidad ante las bromas. El cóctel
molotov social de las circunstancias enciende con la llama peculiar del actor
constante en esta trama violenta: un hombre, pendenciero y proclive a sentirse
ofendido (“de mecha corta” dirá Walter), con demasiada frecuencia borracho,
que porta un arma (cortopunzante sobre todo, en este momento del recuento
histórico). Las raíces de la violencia en el país son de poca monta, mundanas,
pero raíces al n, y en cuanto tales, condicionan a profundidad las interacciones
consuetudinarias.
El capítulo cuatro, aborda las brasas que hoy nos calcinan luego de haber saltado
del fuego de la guerra. Walter retrata El Salvador de posguerra a partir de la
migración, la disponibilidad de armas de fuego, la pobreza aguda y la ausencia
de políticas sociales, la urbanización acelerada y la depresión agrícola fruto del
cambio de modelo económico. El país mira absorto como la refundación de una
nueva institucionalidad no erradica la violencia, sino que, por el contrario, la
metamorfosea para peor y la exacerba
3
. Se produce un desplazamiento del ámbito
bélico-político al social, del rural al urbano, con las tensiones, desafíos y riesgos
que eso conlleva para los jóvenes como las víctimas y victimarios de siempre. El
2
Debido a que la violencia acompaña y condiciona la transición hacia la democracia en el país, en
otra parte he sugerido que la violencia –al igual que la desigualdad y la exclusión– constituye un
proceso paratransicional (Orellana, 2012).
3
Después del conicto armado persistieron las rencillas de viejo cuño, pero sobre todo sus
consecuencias más deletéreas. Según Dickson-Gómez (2002), población campesina que sufrió la
guerra expresa padecer hoy de los “nervios”, mecanismos psicosomáticos difusos que trasmiten
intergeneracionalmente el trauma de la guerra. A través de “cosmovisiones traumatizadas” el
conicto pervive, se conrma lo “feo” de la vida, la maldad básica del vecino, así como, de manera
importante, la tensión irresoluble entre el miedo a la violencia y la imposibilidad del uso de vías
alternas a la misma. A juzgar por el presente que nos ocupa, muchas de estas manifestaciones no
parecen ser exclusivas de la población campesina que sufrió la guerra.
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trinomio juventud-marginalidad-pandillas recibe mucha atención en el capítulo
y, a través del mismo, parecen actualizarse el honor, la masculinidad volátil y la
trivialidad de la muerte (seguro también el consumo de sustancias, además del
alcohol). Pero ahora con la letalidad amplicada que ofrecen las armas de fuego,
la rivalidad pandilleril, los territorios controlados y la fantasmal presencia del
crimen organizado. Las circunstancias y los detonantes han evolucionado también,
como lo hace el lenguaje que les nombra: profesionalización de las pandillas,
exclusión socioeconómica que dispara la búsqueda de “respeto personal”,
innovación anómica, urbanización, narcotráco, delincuencia “común” (es decir,
múltiples agentes violentos sin rostro). Las cifras de la muerte violenta ahora son
lapidarias, pues se constata que han muerto más personas que durante la guerra:
parece que nunca hemos sabido cómo vivir al margen de una.
En el quinto y último capítulo del libro, las conclusiones, Walter sintetiza lo
dicho a lo largo de 170 páginas atrás en cuatro dimensiones problemáticas que
conectan el pasado con el presente: 1) El Estado y la violencia, sugiere que el
Estado es ineciente, punitivo y sin luces para implementar políticas preventivas;
2) Juventud y violencia, reere quienes matan y mueren de forma violenta con
mayor frecuencia debido a la ausencia de mecanismos de integración social
efectivos y de oportunidades reales de desarrollo; 3) Jerarquía social y violencia,
subraya la búsqueda de valía personal y ascenso social que parece encontrar
en la violencia el medio primordial de conseguirlo; por último, 4) El problema
de la justicia, concluye que la justicia no es monopolio del Estado (tampoco
la violencia). La justicia del Estado coexiste con la de las personas y la de las
comunidades (p. 184), un caos reconocible y generalizado que hace prevalecer la
ley de más fuerte. Por todo lo dicho, la violencia deviene en poliédrica y no cabe
esperar un n súbito de la misma. De ahí que sea –y será– una realidad cotidiana.
El profundo enraizamiento histórico y la complejidad resultante de la violencia
desafían el mejor de los esfuerzos de análisis del fenómeno. Más aún, si el análisis
cubre una amplia ventana temporal y ofrece posibles explicaciones simultáneas
en cada coyuntura histórica cubierta, como ocurre con el libro de Walter. Sucede
que, si quien lee tiene cierto acervo de conocimiento sobre la violencia del país,
es posible que el libro le deje la sensación de un repaso histórico sólido pero
reconocible. Las numerosas explicaciones en cada coyuntura abordada llegan a
incurrir en alguna divagación argumental (e.g., la condición de juventud) y en la
fugacidad explicativa (e.g., exclusión, anomia, urbanización, transformaciones
económicas). La apelación al carácter social masculino pendenciero, aunque
innegable como rasgo cultural vigente, no resulta tan efectivo en términos
explicativos al incrustarlo en la actualidad (ver pp. 152-154) como cuando se
expone en el capítulo 3. Riesgos todos de difícil evasión, por otra parte, ante
el análisis de un siglo entero donde ocurren demasiadas cosas y de forma muy
rápida en el país, especialmente en los últimos 30 años.
El libro de Knut Walter, en suma, constituye un recurso y un logro valioso en
términos didácticos e investigativos. Su disponibilidad gratuita, en formato físico
como electrónico, y su respaldo editorial desde AccesArte como instancia de
promoción de la cultura, además de poco común, es invaluable. Es un texto
que nos sacude la modorra del acartonado informe que cada tanto se produce,
Sobre el morir y vivir en El Salvador
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que instiga la conversación y las inquietudes de quienes intentamos pensar la
violencia, a pesar de la férrea resistencia que ésta siempre opone.
Como investigador interesado en la violencia rearmo a través de la lectura de
este libro que la masculinidad en el país constituye, cuando menos, un problema
de salud pública: la forma peculiar y hegemónica de congurarnos como hombres
en el país entraña serios riesgos para la salud personal, la convivencia diaria y
la supervivencia de los propios hombres en relación con los demás, hombres,
pero mujeres y niños también. Cabe considerar que la combinación de ciertos
tipos de masculinidad, nociones de honor asociadas a la consecución de poder
y estatus, el consumo excesivo de alcohol y la violencia conforman un síndrome
cultural que debe ser explorado con mayor profundidad
4
. Esto es otra forma de
decir que a la investigación social en el país aún le faltan muchas más luces para
penetrar en los entresijos del género como fenómeno social y para emplearlo con
suciencia como herramienta de análisis.
Concentrarse en el homicidio y la tasa como indicador de reducción estadística
es inevitable como referente analítico. Pero a día de hoy, muchas formas de
violencia escapan de nuestra medición y conocimiento: violencia vial; lio-
parental (de hijos/as hacia sus padres y sus madres); las “puertas adentro” de
la violencia doméstica; el mundo de las agencias de vigilancia privada; violencia
hacia los animales; el papel del consumo de sustancias (especialmente el alcohol);
crímenes de odio; los impactos de las violencias en diversas esferas de la salud
mental de la sociedad; o el papel de la mujer en el ejercicio de la violencia, por
mencionar algunas posibilidades. La pregunta que queda suspendida en el aire
es la siguiente: ¿qué dimensiones –actores, espacios, expresiones, categorías,
procesos– de la violencia estamos pasando por alto y qué discusiones sobre el
fenómeno no están siendo propiciadas por la academia en la sociedad salvadoreña
contemporánea?
El libro de Walter es un paso más para seguir conversando e interpelando a
la violencia para que devele sus facetas. Una última conclusión escalofriante
entresaco del libro: en el siglo analizado, conservadoramente, cerca de 220 mil
salvadoreños y salvadoreñas habrían muerto de forma violenta en el país
5
. En
4
Según el sitio worldlifeexpectancy.com, con base en datos de la OMS, El Salvador ocupa el primer
lugar a nivel mundial por muertes por consumo de alcohol (tasa de 17.56/100,000 habitantes). La tasa
nacional de muerte por consumo de alcohol supera la de Rusia y la tasa entre hombres en el país se
dispara a 38.97/100,000 y la de mujeres baja a 1.02/100,000, lo que en los estándares del ranking
en cuestión, sigue considerándose como una tasa alta. Por otra parte, durante 2018, las noticias
han consignado varios episodios en los que policías hombres se han visto enfrascados en hechos de
violencia (maltratos, suicidios, feminicidios) en los que convergen el consumo de alcohol y el uso
temerario de armas de fuego.
5
Esta cifra aproximada surge de sumar las muertes violentas reportadas en el cuadro 7 (12,659;
aquí incluyo las otras muertes violentas además de homicidios), el cuadro 9 (11,168), el cuadro 16
(23,976), el cuadro 22 (63,651), el cuadro 21 (27, 142) y la cifra de homicidios de 2017 del cuadro 27
(3,962). Estas suman 142,558 muertes violentas. A esto he añadido ese cálculo grueso y redondo de
75,000 víctimas del conicto armado para arribar a una estimación de 217, 558 muertes violentas
para el período de 1935-2017. Son datos que además podrían matizarse debido a los insalvables
problemas de registro pero que en cualquier caso son imposibles de certicar a cabalidad. De fondo,
se trata menos de la precisión del dato que de la aproximación a la catástrofe, de dimensionar
la desproporción de muertes violentas que hasta el día de hoy sigue y suma sin indicios claros de
detenerse.
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6
El carácter utilitario o funcional de la violencia no debe confundirse con las posibles consecuencias
de su uso. Armar que la violencia sirve o funciona no excluye:
a) Que dicha funcionalidad se pueda revertir súbitamente en contra de quien la ejerce (e.g., el que
a hierro mata, eventualmente a hierro puede morir) o que tal funcionalidad se pierda de manera
eventual (e.g., al tomar distancia de una vida criminal, por mejoras en el acceso a la justicia y la
seguridad que inhiban su uso).
b) Que sea posible llegar a experimentar arrepentimiento o temores futuros por haberla ejercido de
forma episódica o recurrente (e.g., por culpa, porque se reconocen los daños causados a uno mismo
o a los otros, porque se podrían heredar consecuencias diversas a seres queridos luego de una vida
delictiva).
última instancia, si la violencia se usa de forma indiscriminada en una sociedad
es porque funciona
6
, porque constituye un medio ecaz para alcanzar nes
deseados e imponer los propios intereses. Queda por escudriñar por qué ésta
constituye el ecualizador social por excelencia en el país para recobrar o alcanzar
respeto personal, justicia, seguridad o la mera subsistencia diaria, y qué nos dice
la misma en la actualidad, al volver la vista atrás y dirigirla hacia el futuro, sobre
la viabilidad de El Salvador como proyecto de sociedad.
Referencias
Foucault, M. (2000). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. (12a Ed.).
Madrid: Siglo XXI de España Editores.
Dickson-Gómez, J. (2002). The Sound of Barking Dogs: Violence and Terror
among Salvadoran Families in the Postwar. Medical Anthropology Quarterly,16(4),
415-438.
Orellana, C. I. (2012). Exclusión, crisis del mundo del trabajo y precariedad.
A vueltas con el tema de la ciudadanía. Estudios Centroamericanos (ECA),
67(729), 229-258.