
Sobre el morir y vivir en El Salvador
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que instiga la conversación y las inquietudes de quienes intentamos pensar la
violencia, a pesar de la férrea resistencia que ésta siempre opone.
Como investigador interesado en la violencia rearmo a través de la lectura de
este libro que la masculinidad en el país constituye, cuando menos, un problema
de salud pública: la forma peculiar y hegemónica de congurarnos como hombres
en el país entraña serios riesgos para la salud personal, la convivencia diaria y
la supervivencia de los propios hombres en relación con los demás, hombres,
pero mujeres y niños también. Cabe considerar que la combinación de ciertos
tipos de masculinidad, nociones de honor asociadas a la consecución de poder
y estatus, el consumo excesivo de alcohol y la violencia conforman un síndrome
cultural que debe ser explorado con mayor profundidad
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. Esto es otra forma de
decir que a la investigación social en el país aún le faltan muchas más luces para
penetrar en los entresijos del género como fenómeno social y para emplearlo con
suciencia como herramienta de análisis.
Concentrarse en el homicidio y la tasa como indicador de reducción estadística
es inevitable como referente analítico. Pero a día de hoy, muchas formas de
violencia escapan de nuestra medición y conocimiento: violencia vial; lio-
parental (de hijos/as hacia sus padres y sus madres); las “puertas adentro” de
la violencia doméstica; el mundo de las agencias de vigilancia privada; violencia
hacia los animales; el papel del consumo de sustancias (especialmente el alcohol);
crímenes de odio; los impactos de las violencias en diversas esferas de la salud
mental de la sociedad; o el papel de la mujer en el ejercicio de la violencia, por
mencionar algunas posibilidades. La pregunta que queda suspendida en el aire
es la siguiente: ¿qué dimensiones –actores, espacios, expresiones, categorías,
procesos– de la violencia estamos pasando por alto y qué discusiones sobre el
fenómeno no están siendo propiciadas por la academia en la sociedad salvadoreña
contemporánea?
El libro de Walter es un paso más para seguir conversando e interpelando a
la violencia para que devele sus facetas. Una última conclusión escalofriante
entresaco del libro: en el siglo analizado, conservadoramente, cerca de 220 mil
salvadoreños y salvadoreñas habrían muerto de forma violenta en el país
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. En
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Según el sitio worldlifeexpectancy.com, con base en datos de la OMS, El Salvador ocupa el primer
lugar a nivel mundial por muertes por consumo de alcohol (tasa de 17.56/100,000 habitantes). La tasa
nacional de muerte por consumo de alcohol supera la de Rusia y la tasa entre hombres en el país se
dispara a 38.97/100,000 y la de mujeres baja a 1.02/100,000, lo que en los estándares del ranking
en cuestión, sigue considerándose como una tasa alta. Por otra parte, durante 2018, las noticias
han consignado varios episodios en los que policías hombres se han visto enfrascados en hechos de
violencia (maltratos, suicidios, feminicidios) en los que convergen el consumo de alcohol y el uso
temerario de armas de fuego.
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Esta cifra aproximada surge de sumar las muertes violentas reportadas en el cuadro 7 (12,659;
aquí incluyo las otras muertes violentas además de homicidios), el cuadro 9 (11,168), el cuadro 16
(23,976), el cuadro 22 (63,651), el cuadro 21 (27, 142) y la cifra de homicidios de 2017 del cuadro 27
(3,962). Estas suman 142,558 muertes violentas. A esto he añadido ese cálculo grueso y redondo de
75,000 víctimas del conicto armado para arribar a una estimación de 217, 558 muertes violentas
para el período de 1935-2017. Son datos que además podrían matizarse debido a los insalvables
problemas de registro pero que en cualquier caso son imposibles de certicar a cabalidad. De fondo,
se trata menos de la precisión del dato que de la aproximación a la catástrofe, de dimensionar
la desproporción de muertes violentas que hasta el día de hoy sigue y suma sin indicios claros de
detenerse.