
Tres reexiones en homenaje a Mons. Oscar Arnulfo Romero
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III. Actualidad de Mons. Romero
El siglo XXI avanza rápido no sólo en términos cronológicos, sino en términos
económicos, sociales, culturales y medioambientales. Cambios de distinta
índole su suceden por doquier; la llamada “sociedad líquida” pareciera haberse
impuesto denitivamente. Vivimos, pues, unos “tiempos líquidos” en los cuales
la fugacidad de los acontecimientos, más que su estabilidad y permanencia, es lo
más normal en la vida de las personas.
La cultura actual, la cultura predominante, es la que mejor expresa y
refuerza esta dinámica de cambio permanente. El “ir de prisa” en pos del éxito
fácil es su marca más característica. Nunca como en nuestra época se valora
tanto la rapidez y se desprecia en igual medida la lentitud. Pararse, detenerse,
hacer un alto, tomar distancia… Nada peor que esto para frenar el ritmo de
los procesos, el ritmo de la cotidianidad, el ritmo de los comportamientos y
decisiones.
De aquí el movimiento incesante de personas y cosas, de opiniones, modas y
gustos. Quien más se mueve, quien avanza más de prisa que los demás, alcanzará
antes que ellos y ellas cualquier meta pero, después de todo, la meta es lo de
menos, porque la misma también es algo volátil, algo que una vez que se alcanza
pierde sentido al ser obsoleto ante aquello que lo ha desplazado.
En la sociedad líquida, así como unas personas desplazan a otras, al ir
más rápido que ellas, unas cosas desplazan otras (como sucede con los nuevos
modelos de teléfonos celulares que desplazan incesantemente a los antiguos,
que eran “nuevos” apenas ayer). Este estar en viviendo en velocidad, de
prisa, desplazando a quienes aparecen en el camino como un obstáculo a vencer,
erosiona la convivencia social, al introducir prácticas agresivas y violentas en las
relaciones sociales. Este es el efecto inmediato y cotidiano del ir a toda prisa
haca cualquier parte.
Pero hay otros efectos de mediano y largo plazo. Uno de los más graves es
la pérdida de perspectiva de lo que es importante y de lo que es secundario en la
realización personal, familiar y social. Lo más inmediato y fácil se convierte en lo
más importante. Los proyectos que exigen miradas de largo plazo, compromisos
y disciplina se pierden de vista. El ahora es lo único que cuenta.
Se pierde de vista la solidaridad y la cooperación, sin las cuales una
sociedad decae en la anomia y la pérdida de sentido de sus miembros. En una
sociedad en la que “llegar primero” es lo más valorado, quienes se rezagan son
despreciados, son vistos como “perdedores” y “fracasados”. Lo cual quiere decir
que no deben ser objeto de atención y protección, sino de rechazo y condena.
En una visión competitiva de la vida, como la que alimenta la cultura
neoliberal, el bien común y la opción por las víctimas brilla por su ausencia.
Cuenta el éxito propio, que se ostenta y se publicita para que no quede dudas de
quién ha ganado en la competencia social y económica.
En n, la cultura de lo vertiginoso, la cultura del vértigo producido por
el cambio incesante en las relaciones personales y en las cosas, tiene una fuerte