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TEORÍA Y PRAXIS No. 34, Enero-Julio 2019
ISSN 1994-733X, Editorial Universidad Don Bosco,
year 17, No.34, January-July 2019, p. 133-139
iISSN 1994-733X, Editorial Universidad Don Bosco,
año 17, No.34, Enero-Julio de 2019, p. 133-139
No. 34
Nuestros lectores opinan
Tres reexiones en homenaje a
Mons. Oscar Arnulfo Romero
Luis Armando González
En el marco de la canonización de Monseñor Romero es importante rearmar su
actualidad, en estos tiempos tan necesitados de referentes culturales y morales
de envergadura. Se presentan aquí tres reexiones que, además de la pretensión
de rearmar su vigencia como referente moral y cultural para El Salvador, quieren
ser un homenaje a ese gran patriota, pastor, hombre de fe y servidor de los
humildes que fue Mons. Óscar Arnulfo Romero.
I. Monseñor Romero, educador
Denitivamente, marzo es el mes de Monseñor Oscar A. Romero. El Arzobispo
asesinado el 24 de marzo de 1980 nos convoca siempre a reexionar no sólo
sobre su pensamiento y obra, sino a valorar y recuperar su legado, en una época
distinta a la suya, pero con desafíos igualmente importantes e impostergables.
Ciertamente, de Monseñor Oscar Arnulfo Romero se pueden decir muchas
cosas. Y la más radical es que Mons. Romero es lo más importante que le ha
sucedido a El Salvador en el siglo XX. Peor para quienes no quieren o no pueden
–por su ceguera ideológica o por su ignorancia— darse cuenta de ello. Peor para
quienes no quieren o no pueden darse cuenta de lo terrible que fue su asesinato.
Pues bien, parte de la grandeza de Mons. Romero es que supo detectar
con lucidez los problemas sustantivos de El Salvador y supo, a la vez, vislumbrar
los caminos que llevarían a su solución. En esta línea, entendió que en el mar
de problemas nacionales a enfrentar, la educación era, además de un desafío
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urgente a encarar, un camino para avanzar en la transformación de la realidad
nacional. Mons. Romero se rerió una y otra vez a la educación en sus escritos y
homilías. Una de las formas más bellas en que lo hizo es esta:
“Que se capacite a los niños y a las niñas a analizar la realidad del país.
Que los prepare para ser agentes de transformaciones, en vez de alienarlos con
un amontonamiento de textos y de técnicas que los hacen desconocer la realidad.
Una educación que sea educación para la participación política, democrática,
consciente. Esto ¡cuánto bien haría! (30 de abril de 1978).
De una y mil maneras Mons. Romero insistió en que la educación debía
preparar a los niños y las niñas, a los muchachos y las muchachas, para ser
agentes de cambio social, familiar y personal. Es decir, que la educación debía
estar volcada a atender, desde las exigencias del conocimiento, los problemas de
la propia realidad.
El tratamiento temático de ello está esparcido a lo largo de la obra escrita
de Mons. Romero y estuvo presente, una y otra vez, en su predicación. En este
sentido, este el primer aspecto que hace de Mons. Romero un educador: reexionó
críticamente sobre la educación y sus desafíos, y nos legó un importante corpus
escrito en torno a ello. No se le extraído a esta herencia toda la savia que contiene,
pero esa savia está ahí a la espera de ser actualizada y puesta a producir.
En segundo lugar, Mons. Romero fue un educador porque promovió de
manera decidida una educación inserta en la realidad, lo cual lo llevó a animar
las obras educativas de distintas órdenes religiosas. Gracias a su impulso y
exigencias, importantes colegios católicos dieron un giro en su forma de entender
la educación, así como en su modo de entender quiénes eran los destinatarios de
la misma.
La opción preferencial por los pobres se hizo presente en la praxis de
instituciones nacidas para atender a la élite; estas instituciones llevaron a sus
planes de estudio los problemas de la realidad nacional y trabajaron por romper
con la alienación familiar y social de sus alumnos y alumnas.
Instituciones que, como la UCA y el Externado San José, habían sido
pioneras en este esfuerzo de anclar la educación en la realidad encontraron en
Mons. Romero –al Mons. Romero de la segunda mitad de los años setenta— a un
defensor decidido.
En tercer lugar, Mons. Romero fue un educador porque dedicó sus mejores
energías y talentos a educar a la sociedad salvadoreña, tanto a sus sectores
populares como a su clase media, a sus militares, a sus políticos y sus oligarcas.
La obra pastoral y teológica de Mons. Romero es una obra educativa de
gran envergadura. Sus predicaciones en Catedral fueron, nunca mejor dicho, una
cátedra permanente, en la cual el gran instrumento pedagógico fue la palabra
rme, clara y verdadera.
Muy pocas veces como en boca de Mons. Romero la palabra viva ha tenido
tanta fuerza y ecacia como recurso pedagógico. Comprensión, convencimiento,
crítica, veracidad, operatividad, motivación, esperanza… Eso y más se encuentra
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presente en la palabra viva de Mons. Romero. Eso es lo que se echa de menos en
el palabrerío que circula en boca de los manipuladores de la imagen que ocupan
en la actualidad el espacio mediático.
En estos tiempos de predominio de la imagen, la palabra viva se ha
devaluado. El proceso educativo mismo resiente la pérdida de sustancia de la
palabra, cuando los recursos visuales la van desplazando del ejercicio del saber.
Es nefasto para la educación el lema hueco de que “una imagen vale más
que mil palabras”, porque en realidad una palabra bien dicha vale más que
mil imágenes. Y no es que estas últimas no tengan valor: su valor, no obstante,
depende las palabras con las que sean nombradas e interpretadas.
No ha habido en la historia contemporánea salvadoreña mejor maestro en
esta materia que Mons. Romero. Supo usar las palabras correctas para nombrar
e interpretar la realidad nacional y sus imágenes, por ejemplo aquellas que
pretendían hacer de El Salvador “el país de la sonrisa” o que decían “paz, trabajo
y amor en El Salvador”, mientras que miles de niños morían por enfermedad o
hambre, o los escuadrones de la muerte descuartizaban a los opositores políticos.
La palabra viva de Mons. Romero irradió conocimiento crítico y
comprometido con la realidad, especialmente con la de quienes sufrían por la
violencia estructural, institucional y terrorista. Pero no sólo fue un educador con
la palabra viva; lo fue también con la palabra escrita, que supo dar en el blanco,
con las fundamentaciones debidas, de los graves problemas de El Salvador.
Su producción escrita no sólo es amplia, sino densa en contenidos
conceptuales, éticos, reexivos y críticos. A la coherencia argumentativa, Mons.
Romero añade la profundidad temática, en asuntos complejos y delicados que
él supo claricar con un dominio de la palabra escrita ciertamente excepcional.
Sus cartas pastorales y homilías son una fuente de enseñanzas invaluables
para quienes deseen adiestrarse en el análisis de la realidad nacional. Pero
sobre todo son una fuente en la que debe beber todo aquél que pretenda usar la
palabra escrita para decir cosas que en verdad importen a la gente; para decir
no banalidades y trivialidades, sino asuntos que tengan que ver con la vida y la
muerte, la dignidad, la desesperación o la esperanza individual y colectiva.
En denitiva, Mons. Romero fue y sigue siendo el gran pedagogo de la
sociedad salvadoreña. Fue, es cierto, la voz de los sin voz, pero fue también
quien educó a los que no tenían voz para que la tuvieran: dio voz a los sin voz. Por
momentos, pareciera que quienes recuperaron su voz gracias a Mons. Romero no
les preocupa renunciar a ella, no les preocupa quedarse de nuevo sin voz. Uno de
los grandes desafíos de la transformación educativa que vive el país es que eso no
suceda y que la sociedad salvadoreña se haga cargo de lo importante que es para
su supervivencia no renunciar a la palabra, viva y escrita, que libera.
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II.Los valores de Mons. Romero
Desde el asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, el 24 de marzo de
1980, este mes se ha convertido, año con año, en un espacio para la reexión,
el recuerdo y la actualización del legado del Arzobispo mártir. Se trata de un
legado, el suyo, rico en implicaciones de todo tipo: socio-políticas, históricas,
educativas y morales. Es esta última dimensión del legado de Mons. Romero que
quiero destacar en estas páginas.
Creo necesario y urgente reexionar sobre los valores que Mons. Romero
abanderó y que marcaron su desempeño como Arzobispo de San Salvador en los
convulsivos años setenta hasta su muerte, en marzo de 1980. Que se entienda
mi enfoque: no es una preocupación moralista o moralizadora la que me lleva a
abordar el tema de los valores en Mons. Romero, sino una preocupación por el
deterioro de referentes morales fundamentales que acusa nuestra sociedad, en
sus diferentes ámbitos privados y públicos.
Y es que los valores de Monseñor Romero que me interesa destacar son esos
valores fundamentales de su quehacer como pastor y como ciudadano consciente
de sus obligaciones en un país atravesado por graves conictos y desigualdades
socio-económicas. No voy a repetir lo que se ha dicho en muchas ocasiones sobre
su delidad a la verdad y su compromiso con la justicia, sino que voy a prestar
atención a valores de los que poco que se habla, pero que son centrales para
entender la magnitud de su gura moral.
a) Conciencia de las propias obligaciones ante los demás. Este es el primer valor
que yo veo en Mons. Romero. Los valores son un asunto de conciencia, es decir,
de convicción íntima acerca de lo que es bueno y malo, humano e inhumano.
Poseer la convicción de que estamos obligados ante los demás –sus problemas,
necesidades, miserias—constituye un valor de primera importancia. Un valor
que Mons. Romero poseyó sin lugar a dudas y que se tradujo en una praxis de
compromiso con los otros.
b) La dignicación de los otros, especialmente de las víctimas de abusos de los
poderosos. La obligación con los demás (con los otros) tuvo en Mons. Romero
una clara dirección: trabajar por su dignicación, lo cual suponía un compromiso
con su humanización. Mons. Romero privilegió, en su labor humanizadora, a
quienes eran violentados en su humanidad por estructuras de poder injustas y
excluyentes. No es otro el sentido de la expresión “opción preferencial por los
pobres” que Mons. Romero –inspirado en Medellín y Puebla— hizo suya y tradujo
a la realidad salvadoreña.
c) La búsqueda de coherencia entre la palabra y la acción. Nada más difícil que
esa coherencia, sobre todo en los tiempos actuales cuando está de moda obrar
de espaldas a lo que se predica. Mons. Romero se esforzó por hacer que su
predicación sobre la dignicación de las víctimas no fuera sólo retórica, sino que
su quehacer pastoral estuviera en sintonía con aquélla. Eso tuvo costos para él,
siendo el mayor de ellos la pérdida de su vida. Y es que la coherencia entre palabra
y acción, cuando ambas apuntan a lograr una mayor justicia, está mal vista por
los poderosos de todos los tiempos. Por el lado contrario, la incoherencia es bien
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vista y, más aún, es fomentada a través del chantaje y los favores económicos y
políticos.
d) Mirar la realidad del país desde quienes están en peor situación, es decir,
desde las víctimas. Lo normal en la época de Mons. Romero (y en la nuestra)
es que desde los círculos de poder económico, político y religioso la realidad
se viera desde quienes estaban en la cima de la pirámide social. Mons. Romero
hizo lo opuesto y desaó a los poderosos a que miraran a las víctimas y que
desde ellas juzgaran al país que teníamos. Por supuesto que no lo hicieron; pero
Mons. Romero lo hizo y su juicio fue severo: El Salvador estaba edicado sobre
la miseria y la exclusión de la mayor parte de sus miembros. El país construido
desde los intereses de los poderosos era un país inhumano.
e) Enjuiciar la realidad nacional con una palabra rme y clara. En nuestro tiempo
otra de las modas es la ambigüedad en lo que se dice, no sólo para ser “políticamente
correctos”, sino para quedar bien con todos y que nadie pueda reprocharnos una
expresión ofensiva o cuestionadora. En tiempos de Mons. Romero, la moda no era
la ambigüedad en lo que se decía, sino la proclamación contundente de mentiras
sobre la pobreza, la violencia y la injusticia. Mons. Romero, a sabiendas de que
armar lo contrario a lo proclamado por los poderes de turno era peligroso, lo
hizo. Sin ambigüedades, llamó a las cosas por su nombre y lo hizo de tal forma
que todos entendieron lo que quería decir.
f) Por último, no ambicionar poder y riquezas. No se tiene que perder de vista
que Mons. Romero estuvo la cúspide del poder católico nacional. Desde ahí, el
acceso a bienestar material, privilegios, bienes y demás cosas que simbolizan
una vida placentera estaban al alcance de su mano. Lo más fácil y que pocos
hubieran visto mal era optar por los privilegios del cargo y trabajar por escalar
más en la jerarquía de poder eclesial internacional. Pero este buen hombre no
hizo eso; no pensó que tener riquezas, privilegios y poder fueran una opción de
vida para él.
No sé cómo verán a Mons. Romero quienes creen que lo que se tiene que buscar
en cualquier cargo público es la acumulación de riquezas, pero desde un punto
de vista ético su lección es mayúscula: envidiar a los ricos y querer ser como
ellos no es bueno ni recto, pues eso es una bofetada a quienes –una mayoría de
salvadoreños— viven en la miseria y en la exclusión.
En denitiva, Mons. Romero fue un hombre de sólidos valores humanos y
humamizadores. Los valores de él que he destacado nos son ajenos o por lo menos
sólo son cultivados por un puñado de gente de buena voluntad, gente a la que se
suele ver como idealista, ingenua y al margen del pragmatismo imperante hoy en
día. Sin embargo, de lo que se trata es de reivindicarlos como algo necesario para
construir una mejor sociedad, en la cual el oportunismo y el aprovecharse de los
demás sea algo inaceptable en la conciencia de cada cual.
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III. Actualidad de Mons. Romero
El siglo XXI avanza rápido no sólo en términos cronológicos, sino en términos
económicos, sociales, culturales y medioambientales. Cambios de distinta
índole su suceden por doquier; la llamada “sociedad líquida” pareciera haberse
impuesto denitivamente. Vivimos, pues, unos “tiempos líquidos” en los cuales
la fugacidad de los acontecimientos, más que su estabilidad y permanencia, es lo
más normal en la vida de las personas.
La cultura actual, la cultura predominante, es la que mejor expresa y
refuerza esta dinámica de cambio permanente. El “ir de prisa” en pos del éxito
fácil es su marca más característica. Nunca como en nuestra época se valora
tanto la rapidez y se desprecia en igual medida la lentitud. Pararse, detenerse,
hacer un alto, tomar distancia… Nada peor que esto para frenar el ritmo de
los procesos, el ritmo de la cotidianidad, el ritmo de los comportamientos y
decisiones.
De aquí el movimiento incesante de personas y cosas, de opiniones, modas y
gustos. Quien más se mueve, quien avanza más de prisa que los demás, alcanzará
antes que ellos y ellas cualquier meta pero, después de todo, la meta es lo de
menos, porque la misma también es algo volátil, algo que una vez que se alcanza
pierde sentido al ser obsoleto ante aquello que lo ha desplazado.
En la sociedad líquida, así como unas personas desplazan a otras, al ir
más rápido que ellas, unas cosas desplazan otras (como sucede con los nuevos
modelos de teléfonos celulares que desplazan incesantemente a los antiguos,
que eran “nuevos” apenas ayer). Este estar en viviendo en velocidad, de
prisa, desplazando a quienes aparecen en el camino como un obstáculo a vencer,
erosiona la convivencia social, al introducir prácticas agresivas y violentas en las
relaciones sociales. Este es el efecto inmediato y cotidiano del ir a toda prisa
haca cualquier parte.
Pero hay otros efectos de mediano y largo plazo. Uno de los más graves es
la pérdida de perspectiva de lo que es importante y de lo que es secundario en la
realización personal, familiar y social. Lo más inmediato y fácil se convierte en lo
más importante. Los proyectos que exigen miradas de largo plazo, compromisos
y disciplina se pierden de vista. El ahora es lo único que cuenta.
Se pierde de vista la solidaridad y la cooperación, sin las cuales una
sociedad decae en la anomia y la pérdida de sentido de sus miembros. En una
sociedad en la que “llegar primero” es lo más valorado, quienes se rezagan son
despreciados, son vistos como “perdedores” y “fracasados”. Lo cual quiere decir
que no deben ser objeto de atención y protección, sino de rechazo y condena.
En una visión competitiva de la vida, como la que alimenta la cultura
neoliberal, el bien común y la opción por las víctimas brilla por su ausencia.
Cuenta el éxito propio, que se ostenta y se publicita para que no quede dudas de
quién ha ganado en la competencia social y económica.
En n, la cultura de lo vertiginoso, la cultura del vértigo producido por
el cambio incesante en las relaciones personales y en las cosas, tiene una fuerte
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presencia en las sociedades actuales. Marca los comportamientos y las prácticas
sociales, generando graves daños al tejido social.
¿Podemos encontrar algo en Mons. Romero que nos ayude a plantarnos de
otra manera ante esta cultura de lo líquido, lo inmediato y lo fácil?
Por supuesto que sí. Hay muchas ayudas para ello en su labor pastoral y
en su obra político-teológica. Mencionemos tres.
La primera es la de hacer los necesarios altos en el camino para tomar
distancia de los acontecimientos y no dejarnos arrastrar por ellos. Cuánta falta
hace en la conciencia ciudadana el hábito del “alto en el camino” y la meditación
acerca de cómo se está parado en la realidad.
No tomar una mínima distancia de los acontecimientos y no meditar sobre
nuestras acciones, supone ser arrastrados por dinámicas en las cuales deberíamos
intervenir. Mons. Romero manejó con maestría el hábito de la toma de distancia,
el alto en el camino y la meditación sobre las propias acciones.
La segunda ayuda que nos puede dar Mons. Romero es la de ensañarnos
a establecer prioridades en nuestra vida, pero no cualesquiera prioridades, sino
aquellas que ponen en primer lugar la dignidad de las personas, y principalmente
de las más débiles y vulnerables. Denitivamente, no todo da igual en la vida de
las personas; no todos las metas personales y sociales son equivalentes.
Hay metas más importantes que otras, y entre las primeras –como enseñó
Mons. Romero— las que cuentan son aquellas que hacen que la vida y dignidad de
los pobres y desposeídos sea menos miserable.
Y en tercer lugar, Mons. Romero también nos enseña que el éxito fácil,
simbolizado en riqueza y ostentación, no es una aspiración que debe ser
fomentada socialmente, sino que al contrario debe ser contenida y criticada.
Y es que si se la deja orecer sus efectos son nocivos para la sociedad, por las
dinámicas de abuso, desprecio y agresividad que genera entre sus miembros.
En Mons. Romero hay una ética cívica de la cual casi nadie habla, pero que
es invaluable en un país como este, tan erosionado moralmente.
He mencionado apenas tres aspectos de esa ética cívica, pero no cabe
duda que en la obra de Mons. Romero hay muchos más elementos en ese rubro
que están a la espera de ser destacados y puestos al servicio de un cambio moral-
cultural en El Salvador.