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Vol. 24, N.
o
49, semestral: septiembre-febrero 2026, pp. 152-175
https://doi.org/10.61604/typ.v25i49.598
https://hdl.handle.net/11715/2939
ISSN 1994-733X e-ISSN 2707-7411
ISNI 0000-0000-8755-6191
CC BY-NC-SA
decir en elevarse sobre otras y otros seres humanos para someterles
y oprimirles.
Esta elevación teologal es lo que se puede denominar como
deiformación, que precisamente es plenitud de lo humano y no
negación de ello en una especie de divinidad tiránica. En consecuencia,
es pertinente la actualización que hace papa León XIV (2026) del
Concilio Vaticano II, al recordar que “el ser humano está llamado a
la comunión con Dios […] su vocación más profunda es la de entrar
en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido” (n°48). De
esta manera el ser humano participa de la realidad divina, en una
elevación que lo hace participe del amor trinitario. Esta elevación ha
sido inaugurada por Jesús quien “haciéndose hombre […] entra en la
historia y en nuestra carne, trayéndonos el amor que lo une al Padre
y al Espíritu Santo […] su humanidad es plenamente libre, abierta a
los demás, capaz de construir relaciones solidarias y preciosas” (León
XIV, 2026, n°49).
Esta es en el fondo la idea zubiriana de deiformación, pues se da
mediante la fe en Jesús, expresada cuando ese creyente “coopera en la
edicación del Reino de Dios, aprendiendo a acoger a toda mujer como
hermana y a todo hombre como hermano, hijos de un mismo Padre
[…] tienden a generar en el mundo consecuencias sociales” (León XIV,
2026, n°49). Aunque esto lo posibilita la fe, es la gracia de Dios la que
lo hace efectivo, ya que “Cada persona, hecha constitutivamente para
la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia
de comunión con Él, con los demás y con la creación” (León XIV, 2026,
n°50). Así también, esta elevación tiene un carácter teologal ¿en qué
consiste lo teologal en la deiformación?
El ser humano, en cuanto animal racional teologal, está posibilitado
para la deiformación. Conviene precisar en qué consiste esa razón
teologal, que Zubiri (1997) distingue de la mera dimensión teologal.
En este sentido, el lósofo interpreta la μόρφωσις de la que habla san
Pablo en Romanos 2,20 como una “conformación en el conocimiento
de la verdad” (Zubiri, 1997, p. 21). Esta formación en el conocer de
lo verdadero es lo que comprende bajo el concepto de deiformidad,
deniendo que “sólo el justo está deicado, pero todo hombre, aun el
condenado, es deiforme” (Zubiri, 1997, p. 37).
Desde esta perspectiva, la deiformidad es gracia, pero también exige
la acción histórica del ser humano. Por ello, Zubiri (1997) recuerda
las palabras de san Ireneo de Lyon: “hemos de trabajar sin cesar en