
José Edmundo Aguilera Umaña
La Inteligencia Articial como nuevo areópago moderno para la evangelización.
Una lectura teológica del numeral 37 de la Encíclica Redemptoris Missio en el
contexto de la cultura digital contemporánea
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Primeramente la centralidad de la dignidad humana. Toda innovación
tecnológica debe ser evaluada según su capacidad real de promover
el desarrollo integral de las personas. La doctrina cristiana arma que
cada ser humano posee una dignidad intrínseca e inalienable, derivada
de su condición de imagen de Dios (cf. Gn 1,26-27). Esta dignidad no
depende de capacidades, productividad ni utilidad funcional, sino que
es un don ontológico que ninguna consideración económica, política
o tecnológica puede relativizar (cf. Dignitas Innita, 2024, nn. 1, 7-9;
Antiqua et Nova, 2025, nn. 1-6; Magnica Humanitas, 2026, nn. 51-
53).
Segundo, la preservación de la libertad y de la responsabilidad
moral. Los sistemas de IA pueden asistir y enriquecer los procesos
de decisión, pero nunca deben sustituir la capacidad humana de
deliberar éticamente. La libertad y la responsabilidad moral constituyen
dimensiones constitutivas de la persona, inseparables de su vocación
a la verdad y al bien (cf. Fides et Ratio, nn. 1, 15, 25). Evangelizar
en este contexto implica formar personas capaces de ejercer un
discernimiento auténtico, de modo que la mediación algorítmica no
debilite, sino que sirva a la autonomía moral (cf. Antiqua et Nova,
2025, nn. 32, 39 y 112).
Tercero, la promoción del bien común. La expansión de la IA
plantea desafíos estructurales relacionados con la distribución del
conocimiento, la concentración del poder tecnológico, la privacidad
de los datos y las profundas transformaciones del mundo laboral. La
reexión cristiana no puede limitarse a una perspectiva individual, sino
que debe considerar las implicaciones sociales y la justicia distributiva
de estos procesos (cf. Antiqua et Nova, 2025, nn. 4-6 y 48-52; Fratelli
Tutti, 2020, nn. 105-117; Magnica Humanitas, 2026, nn. 59-64). El
bien común exige que los benecios de la innovación tecnológica
lleguen efectivamente a todos, especialmente a los más vulnerables.
Por último, la promoción de relaciones auténticamente humanas. La
cuestión decisiva no consiste únicamente en desarrollar tecnologías
más sosticadas, sino en construir una sociedad más humana. La
evangelización debe contribuir a fortalecer los vínculos comunitarios y
a evitar que la mediación tecnológica sustituya el encuentro personal,
fundamento de toda vida social y eclesial (cf. Antiqua et Nova, 2025,
nn. 58-60 y 112). La comunicación auténticamente humana implica
reciprocidad, vulnerabilidad, libertad y reconocimiento mutuo.