
Vol. 24, N.
o
48, semestral: marzo-agosto 2026 pp. 84-92
https://doi.org/10.61604/typ.v24i48.542
http://hdl.handle.net/11715/2881
ISSN 1994-733X e-ISSN 2707-7411
CC BY-NC-SA
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Frente al reduccionismo digital, el documento propone
recuperar una sabiduría del corazón, que no puede ser delegada a
las máquinas (nn. 113–114). Esta sabiduría integra verdad, bien y
caridad, y permite orientar la tecnología al servicio de la fraternidad,
la justicia y la casa común. En última instancia, la perfección humana
no se mide por la cantidad de datos procesados, sino por el grado
de caridad vivida (n. 116).
En consecuencia, la Nota sitúa este discernimiento en un
horizonte explícitamente cristológico: los creyentes están llamados
a ser agentes responsables que orienten la IA hacia una visión
auténtica de la persona y de la sociedad, comprendiendo el progreso
tecnológico como parte del designio creador de Dios y ordenándolo
al Misterio Pascual de Jesucristo, en la búsqueda constante de la
Verdad y del Bien (n. 117).
III. Valoración crítica personal
La Iglesia no es únicamente depositaria de la fe recibida, sino
también su custodia responsable, llamada a velar para que el
contenido de la revelación conada por Cristo no sea deformado,
relativizado ni sustituido. A lo largo de más de dos mil años de
historia, el cristianismo ha debido afrontar múltiples intentos —
externos e internos— no solo de reinterpretar de manera reductiva
el depósito de la fe, sino incluso de debilitar o eliminar a la Iglesia
misma como sujeto histórico y comunitario de la revelación.
En este contexto, el desarrollo de la IA no puede ser interpretado
únicamente como la cúspide del progreso cientíco y tecnológico,
sino también como una expresión ambigua del deseo humano de
autosuciencia, que en ocasiones roza la tentación de crear un
«dios» a su propia medida. Este riesgo, señalado implícitamente
en Antiqua et nova, no radica en la tecnología en sí misma, sino
en una comprensión antropológica empobrecida que absolutiza la
capacidad técnica y desplaza la apertura a la trascendencia.
Ante este escenario, considero que los cristianos afrontamos
uno de los desafíos más decisivos de nuestro tiempo: estudiar
seriamente la IA, comprender su lógica, sus algoritmos y sus límites.