
Vol. 24, N.
o
48, semestral: marzo-agosto 2026, pp. 93-96
https://doi.org/10.61604/typ.v24i48.540
http://hdl.handle.net/11715/2880
ISSN 1994-733X e-ISSN 2707-7411
CC BY-NC-SA
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ni de la injusticia, ni la necesidad de oportunidades laborales dignas. La
idea de un hombre trabajador, por ejemplo, ya no está como horizonte de
realización propia, pero si de contraste con las generaciones pasadas,
donde el valor del trabajo se mantiene:
—Su abuela rio con una ironía que le pesó en el pecho—. Por
lo único que me venís a ver es para pedirme dinero o comida.
Si hubieras sido un hombre de verdad, ya estarías trabajando,
ya tendrías algo propio. Pero no, ahí estás, todo cenizoso,
triste y con hambre (p. 84).
Vemos también esto de imitar, con la comparación, es decir
el establecimiento de semejanzas entre dos elementos, pero cuya
comparación no es trágica sino risible. Es decir, se compara las habilidades
de caza de una gata con la tragedia de las deportaciones:
No la quiero. Pero caza los alacranes, come cucarachas,
espanta las arañas y las moscas, con una eciencia digna de
la policía migratoria de Trump. Me sirve (p. 37).
Por supuesto que lo nos evidencia el autor es la frialdad y el cinismo
ante el sufrimiento y, en este caso la razón utilitarista privilegiada.
Utilitarismo y frialdad, parte de la violencia obstétrica: “Tu matriz no sirve”,
le dijo una doctora, pero igual nació Esperanza (p. 154). Lo que le sirve
al sujeto colectivo es lo justicado de mantener. No solo es el utilitarismo
sino el revanchismo que rebaja:
Yo sí tengo dignidad, si no me quiere, no me quiere, pero yo
sí me quiero. Me voy a la mierda, esta noche. Pero antes de
irme, le voy a dejar una cucaracha vomitada en la almohada.
A ver si eso le enseña algo a este perro sobre lo que es amor
(p. 42).
Con un diccionario sumamente contemporáneo donde aparecen
palabras como Facebook, Twitter, Instagram, Freelance, logo, banner,
Tiktok, y Uber. Este autor nos permite tomar distancia de lo que
hemos entendido como normal, incluso como sociedades modernas,
profundamente contradictorias:
No tenía dinero, pero era una tipa Starbucks, una contradicción
andante. Un at white, dijo con cara de bagre, el cabello mal
amarrado, la piel todavía impregnada del perfume barato que
usaba para disimular su pobreza. El ruido de los buses en la
calle le apretaba el pecho, porque le recordaba de dónde venía,
de las casas con techos de lámina y las calles sin pavimentar,
de la abuela que la crió entre rezos y regaños (p. 90)