
TEORÍA Y PRAXIS No. 30, Enero-Mayo 2017
129
Continuando en el apartado de Literatura Indígena, Lara-Martínez nos presenta
una serie inicial de mitos de la lengua náhuat-pipil, traducidos por él, pero re-
colectados por el alemán Leonhard Schultze-Jena en 1930, dos años antes del
etnocido de Los Izalcos: La Matanza de 1932. El primero de ellos nos habla sobre
la constitución de la nación salvadoreña, la cual es representada por una mujer
desmembrada, está sometida a cumplir un ciclo kármico donde se “mutila a una
porción relevante de sus miembros, para crear un proyecto nacional utópico por
exclusión” (Lara-Martínez, 2012, p. 23). Utilizar esa provocación para analizar
los últimos 30 años de la historia social de la diáspora salvadoreña, sería un
ejercicio más que interesante.
Conforme a una serie de mitos de la lengua náhuat-pipil recolectados por
Schultze-Jena también existe un ciclo mitológico del héroe. En pocas palabras
podemos describir este ciclo como la bajada al inframundo, su posterior salida
con recompensas y un testimonio para contar a los otros. Este ciclo mitológico
se puede extrapolar a los ya conocidos de Gilgamesh en Mesopotamia o al de
Hércules en la Grecia Clásica, con la única variante que nuestro héroe en este
caso es Náhuat-Pipil.
Respecto a la sexualidad, también en los mitos náhuat podemos encontrar una
forma inicial de ordenamiento del cuerpo, los placeres y el ejercicio del poder.
Por ejemplo, en el mito de la vagina dentada, se coloca en evidencia prácticas
sexuales indígenas, donde el deseo de los mayores y lo masculino hegemónico
se superpone sobre las masculinidades subalternas, las oprimidas y lo femenino.
En La boda del vagabundo, se muestra el carácter anal del vencido, en donde la
práctica sexual homoérotica de penetración no se relaciona a una orientación
sexual especíca, sino que se remite a una estricta dimensión del ejercicio
del poder del dominador sobre el dominado, estableciéndose una organización
política de los cuerpos de los hombres conforme a un estatus superior -el que
penetra- e inferior -el penetrado-.
Respecto a la Literatura Mestiza, Lara-Martínez propone nuevas formas de análi-
sis que la doxa canónica no se ha atrevido a desvelar hasta el momento, ya que
este utiliza el cuerpo y la sexualidad como categoría de análisis ante las obras
de representantes que se consideran íconos de la literatura salvadoreña. Antes
de comenzar con ese análisis, Lara-Martínez enuncia y dene la existencia de
una Modernidad salvadoreña, como ese espacio que le niega a la diversidad
étnica, social y sexual su derecho de expresión, donde el sujeto masculino,
mestizo, urbano y heterosexual se transforma en la prerrogativa hegemónica de
análisis que imagina el mundo a su servicio (Lara-Martínez, 2012, p. 136).
El primero de los íconos literarios de la cultura salvadoreña que analiza Lara-
Martínez es Salarrué. El Salvador concede a Luis Salvador Efraín Salazar Arrúe,
mayormente conocido por su seudónimo Salarrué, ser el ícono de la literatura
costumbrista salvadoreña. Nacido en Sonsonate, lugar de asentamiento de Los