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¿Qué país queremos en 25 años?
Luis Armando González
Cuesta imaginar lo que sentiría alguien fallecido en las décadas de los 70 y 80
(del siglo XX) si reviviera –si tal cosa fuera posible—en este inicio de 2017. Mu-
chas de las cosas —positivas y negativas— que estuvieron presentes en su vida,
y que la conguraron, han desaparecido o han cambiado extraordinariamente,
en tanto que hay una multiplicidad de cosas nuevas que quizás apenas se insinu-
aban en aquellos tiempos o que no se veían en lo absoluto ni podían ser antici-
padas por ningún espíritu visionario.
Por supuesto que hay hilos de continuidad, en lo cultural, lo social, lo económico,
lo político y lo ambiental, pero no dejan de ser signicativas las rupturas y
novedades en esos ámbitos, lo mismo que en la psicología, hábitos y personalidad
de los salvadoreños. Es indiscutible que importantes transformaciones en el
país, en los últimos 25 años, no han obedecido a plan alguno, sino que han
sido la cristalización de muchas voluntades, azares y consecuencias no queridas
de acciones humanas y de dinámicas socio-naturales que se han mezclado,
interaccionado y evolucionado con su propio ritmo y su propia temporalidad.
En El Salvador, como en cualquier sociedad humana, no todo es obra (positiva o
negativa) de gobiernos u otras fuerzas sociales que conscientemente deciden (o
deberían decidir) impulsar en cierta dirección sus derroteros. Hay procesos que
sí lo son, por supuesto.
Pero, contrario a lo que se ha puesto de moda, no todo lo que sucede en una
sociedad (sobre todo, cuando es negativo) es “culpa” de los gobiernos (o de otros
actores sociales, económicos o políticos) y en nuestro país, en estas dos décadas
y media, se han generado dinámicas de diversa naturaleza que no han obedecido
a la voluntad de nadie en particular, aunque sólo fuera porque el cruce y la
conuencia de muchas voluntades da lugar a consecuencias imprevistas que,
cuando se suscitan, generan fenómenos nuevos que no aparecían en los cálculos
iniciales de nadie. Creer lo contrario signicaría no reconocer la importancia
del azar, la entropía y la complejidad de lo socio-natural en la historia.
Por otra parte, así como en estos 25 años se han generado transformaciones
que no han obedecido a plan alguno, también se han tenido otras —de enorme
relevancia— que sí lo han sido. Y entre estas destacan las que se enmarcan en
(y derivan de) los Acuerdos de Paz de 1992.
La reforma política e institucional emanada de los Acuerdos de Paz se ha venido
haciendo realidad, naturalmente que no de forma lineal ni ideal, desde aquel
momento hasta el día de ahora. Gracias a esa reforma política e institucional,
no sólo la democracia salvadoreña ha echado raíces y se han exorcizado los
fantasmas del fraude electoral y los golpes de Estado, sino que el debate político,
la libertad de expresión, la libertad de organización y la diversidad ideológica y
política son una realidad en El Salvador. Y quizás lo más trascendental es que el
Estado ha dejado se ser una amenaza para la sociedad.