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TEORÍA Y PRAXIS No. 31, Junio-Diciembre 2017
La honradez convivía extraordinariamente bien con el honor, la cortesía, la
hospitalidad y la cordialidad, con las cuales formaba un amasijo de prácticas,
usos, costumbres y estilos de comportamiento que daban solidez al tejido social
en barrios, colonias, pueblos y ciudades. No es que en esas décadas no hubiera
personas poco honradas o para nada honradas (o sin honor, descorteses, no
hospitalarias o poco cordiales); por supuesto que sí. Pero en el clima cultural
prevaleciente, la honradez (y el conjunto de valores del que ella formaba
parte) era reconocida como norma de conducta y criterio de valoración de
comportamientos y actitudes.
De tal suerte que alguien que hiciera algo deshonroso (o algo falto de honor,
etc.) era consciente, ante sí mismo y ante los demás, de su falla. Es decir, su
conciencia moral y el juicio moral de los otros asumían que era reprochable
haber violado la exigencia socialmente compartida de la honradez y de ello
se seguían las actitudes y comportamientos correspondientes: de vergüenza
por parte de la persona que había cometido el acto bochornoso y de regaño,
rechazo e incluso ostracismo por parte de familiares, amigos y comunidad.
En el marco de un cambio económico y cultural que se comenzó a fraguar en los
años ochenta, pero con más contundencia en los años noventa, la honradez (y
los valores que le estaban asociados) comenzó a desfallecer como valor moral
importante (como criterio normativo y valorativo de la conducta de la gente).
Desfalleció hasta prácticamente desaparecer del horizonte moral de la sociedad
salvadoreña.
Otro clima moral comenzó a ganar predominancia (hasta imponerse casi
absolutamente), a la par de la gestación de una mercantilización económica que,
al ponerle precio a todo y medir todo a partir de criterios de pérdidas o ganancias
económicas, hizo de la honradez algo poco redituable en términos económicos.
Ese nuevo clima cultural y el mercantilismo, que se impuso desaforadamente a
partir de los años noventa, soterraron (anularon, desacreditaron, ridiculizaron)
el valor de la honradez. En este marco, la satisfacción moral que se deriva de la
honradez dejó de ser importante.
El éxito fácil (económico, principalmente), la ostentación (carros, casas, joyas,
viajes), la acumulación de bienes, el ascenso socio-económico, el consumismo
exacerbado, las expectativas inadas acerca de lo que se merece en términos
económicos (pero no sólo económicos), la insatisfacción permanente con lo
que se ha logrado en bienes materiales y la búsqueda permanente de más
cosas (más lujosas, más caras, más ostentosas), el desprecio hacia los débiles
y hacia los poco ambiciosos (considerados “fracasados”), la adulación hacia
los “triunfadores”, sobre todo si su triunfo había sido fácil, la contraposición
entre los “vivos” y los tontos, esos y otros valores de igual calado se fueron
imponiendo lenta pero inexorablemente en amplios sectores de la sociedad,
especialmente en la clase media.