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TEORÍA Y PRAXIS No. 31, Junio-Diciembre 2017
En torno a una
nueva cultura
Luis Armando González
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Recibido el 10 de marzo de 2017, aceptado el 30 de mayo de 2017
“Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca”.
Pablo Neruda
Resumen
La cultura predominante se caracteriza por valores (o más bien, antiva-
lores), como el éxito fácil, el consumismo y el individualismo exacerbados,
lo mismo que por unas ansias nunca satisfechas en pos de bienes materiales
(dinero, principalmente), que erosionan el vínculo social porque estimulan
una competencia feroz entre las personas. Es claro que el deterioro de la
convivencia social en El Salvador no obedece exclusivamente a dinámicas
culturales, pero éstas son parte del problema. Y, en consecuencia, son tam-
bién parte de la solución. En este sentido, es necesario no sólo discutir y
analizar a fondo la lógica perversa de la cultura predominante, fraguada al
calor de un mercantilismo neoliberal globalizado, sino reexionar en torno
a aquellos valores que pueden ser un antídoto para unos hábitos, formas de
ver la vida y prácticas que han mostrado ser perniciosas para la convivencia
social y para la felicidad de las personas. Ese es el propósito de estas notas,
las cuales apuntan a recuperar cuatro valores esenciales para una vida civi-
lizada y decente: la honradez, la prudencia, el silencio y la soledad. Antes
del examen y justicación de cada uno de esos valores se hace una mirada
general de la cultura del Buen Vivir, en cuyo marco cobran legitimidad los
valores mencionados y otros que les son complementarios.
Palabras clave
Cultura, Buen Vivir, paradigma humanista, honradez, prudencia, silencio,
soledad.
1. Licenciado en Filosofía por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), Maestro en
Ciencias Sociales por FLACSO, México. luisinde61@gmail.com
ISSN 1994-733X, Editorial Universidad Don Bosco, año 15, No.31, Junio-Diciembre de 2017, p.97-110
En torno a una nueva cultura. Luis Armando González
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Abstract
The predominant culture is characterized by values (or rather, anti-val-
ues), such as easy success, consumerism and individualism exacerbated,
as well as by anxieties never satised for material goods (money, mainly),
which erode the social bond because they stimulate erce competition be-
tween people. It is clear that the deterioration of social coexistence in El
Salvador is not exclusively due to cultural dynamics, but these are part of
the problem. And, consequently, they are also part of the solution. In this
sense, it is necessary not only to discuss and analyze in depth the perverse
logic of the prevailing culture, forged in the heat of a globalized neoliber-
al mercantilism, but to reect on those values that can be an antidote to
some habits, ways of seeing the life and practices that have shown to be
harmful for social coexistence and for the happiness of the people. That
is the purpose of these notes, which aim to recover four essential values
for a civilized and decent life: honesty, prudence, silence and solitude.
Before examining and justifying each of these values, a general view of
the Buen Vivir culture is made, in which the values mentioned and others
that complement them are legitimized.
Keywords
Culture, good living, humanist paradigm, honesty, prudence, silence,
solitude.
1. Por una cultura del Buen Vivir
Las personas se comportan de determinada manera, toman determinadas
decisiones, a partir de sus creencias, valores, formas de ver la vida, visiones
ideológicas, tradiciones y conocimientos; todo ello se engloba bajo la noción de
cultura. La cultura de una sociedad no se fragua desde una sola vertiente, sino
desde muchas: sistema educativo, iglesias, instituciones, élites, empresas…
pero, sobre todo, desde las prácticas concretas que las personas realizan en su
cotidianidad, en sus interacciones sociales, en su participación comunitaria, en
su vida familiar. Por eso la raíz de la palabra cultura es “cultivo”; y se cultiva
desde la práctica, no desde la teoría. En el caso de los valores (y su contracara: los
antivalores), tan cruciales para la toma de decisiones individuales y colectivas,
es su cultivo práctico en el que cuenta, pues su función es orientar y justicar
las opciones y comportamientos cotidianos de las personas. No hay modo de dar
vida a nuevos valores –de superar antivalores dañinos para la dignidad humana—
si estos no surgen de experiencias prácticas que los sostengan y los hagan viables
y efectivos también en la práctica.
El Buen Vivir, como paradigma humanista que pone a la persona humana, en
su integralidad individual y social, en el centro del quehacer estatal, supone y
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exige el cultivo de nuevas creencias, costumbres, hábitos, formas de ver la vida,
actitudes y valores que orienten y den la pauta a comportamientos y dinámicas
de relación social distintas a las predominantes. La cultura predominante
individualista, competitiva, egoísta, dependiente, sumisa y poco responsable—
no dignica a las personas, coarta su creatividad, su compromiso, la conciencia
de sus derechos, la preocupación por los demás, la solidaridad, la cooperación
y la fraternidad.
Es esa cultura predominante la que ha comenzado a romperse en el país,
desde que el Buen Vivir comenzó a cultivarse en 2014. Estamos viendo la
fragua, incipiente ciertamente, de una cultura del servicio hacia la sociedad
–especialmente hacia los más débiles- que emana del gobierno, pero que está
llamada a permear a todo el aparato estatal. Se ha hablado hasta la saciedad
del “servicio público”, pero es hasta ahora que en realidad está cobrando vida
la idea de que el funcionario público es un servidor de la sociedad, que su
trabajo es responder a los problemas de la gente, buscarles la mejor solución.
El Presidente Salvador Sánchez Cerén es el ejemplo mejor de esta nueva cultura
del servicio público que, si arraiga como debiera, hará del Estado una esfera de
poder al servicio de la sociedad, y no a la inversa como suele ser en la cultura
tradicional.
Asimismo, se está gestando una cultura de la participación distinta la vigente,
caracterizada fuertemente por ser: a) una participación restringida a lo
electoral; b) una participación esporádica, es decir, no sostenida en el tiempo
por una institucionalidad permanente; y c) una participación de demandas, esto
es, de pedir al Estado bienes y servicios, sin compromisos ciudadanos como
contrapartida.
La cultura de participación predominante tiene un impacto nocivo sobre la
responsabilidad ciudadana en distintos ámbitos de la vida familiar, comunitaria
y social. En esa cultura, siempre son otros —siempre son los funcionarios y el
mismo Estado— los responsables de las diferentes problemáticas que aquejan
a la familia, la comunidad y la sociedad. Y si es así, son ellos los que deben
resolver esos problemas; los ciudadanos y ciudadanas, por su parte, nada más
deben esperar a que ello suceda y, si no sucede, reclamar, denunciar y quejarse.
Denitivamente, esa visión desvincula a los ciudadanos y ciudadanas de aquellas
responsabilidades que son de ellos y ellas; elimina la corresponsabilidad –es
decir, la articulación entre la sociedad y el Estado para atender determinadas
problemáticas-; y hace de todos los problemas sociales, culturales, políticos
y económicos un asunto del Estado, especialmente del Ejecutivo. La nueva
cultura de la participación, propia del Buen Vivir, cultiva la responsabilidad
ciudadana, la corresponsabilidad ciudadanos-Estado y la responsabilidad propia
del Estado en aquellos ámbitos que le corresponde a cada cual.
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En este marco, la responsabilidad de los ciudadanos es un valor cultural que,
aunque es incipiente, será decisivo para darle un nuevo rumbo al país. Esa
responsabilidad tiene que ver, sin duda, con la conciencia de los propios
derechos y la decisión de hacerlos valer, pero también con la conciencia de
los deberes ineludibles que hay que cumplir para vivir en una sociedad más
armónica y acogedora. Sin este último requisito –que se expresa en la obligación
de todo salvadoreño y salvadoreña de no hacer daño a los demás, de cuidar su
entorno de vida natural y social, de respetar las leyes, de ser justos, tolerantes,
de atender a los débiles, de no violentar a los demás— no será posible una mejor
sociedad.
Lo que cultiva la cultura del Buen Vivir es una nueva forma de vernos y de
actuar en la sociedad, una nueva forma de relacionarnos con la naturaleza y con
nuestros semejantes. Cuando nos apropiamos de los valores que promueve el
Buen Vivir, inmediatamente asumimos que lo que hagamos o dejemos de hacer
crea un daño o un bien a los demás, y a nosotros mismos y nuestra familia. Si
violamos los derechos de los demás, si violentamos a otros, si no respetamos las
leyes, si somos intolerantes, si discriminamos, si no obramos rectamente... si
hacemos todo eso (y más) estamos, personalmente, trabajando por el mal vivir
en la sociedad, un mal vivir del cual, además de víctimas, somos responsables
directos o indirectos.
¿Superaremos en algún momento esa cultura del mal vivir? Depende de nosotros;
depende del Estado; depende de los empresarios; depende de los medios
de comunicación; depende de las universidades, las iglesias, los gremios,
los sindicatos y las asociaciones profesionales. En n depende, de muchas
voluntades. Depende de que cada quien haga, responsablemente, lo que le
corresponde. Ahora bien, esa responsabilidad, que en misma es un valor a
cultivar, debe nutrirse de un entramado de valores entre los cuales destacan la
honradez, la prudencia, el silencio y la soledad.
2. La honradez
Una expresión que se escuchaba con frecuencia en épocas pasadas era “pobre,
pero honrado”. Bien se podía decir de forma individual —“Yo soy una persona
pobre, pero honrada”— o de forma grupal —“Somos pobres, pero honrados”.
Algo profundo se apuntaba con la frase en cuestión: la honradez era algo
sumamente importante, tanto que se remarcaba su presencia en esa condición
límite que es la pobreza. Se trataba en ese entonces de la vigencia de un valor
—el de la honradez— que servía de norte moral en la vida de las personas. Era
parte de un conjunto de valores y preceptos que nutrieron el clima moral de
la sociedad salvadoreña a lo largo del siglo XX, hasta esa década de cambio
cultural y económico que fue la de los noventa de ese mismo siglo.
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La honradez convivía extraordinariamente bien con el honor, la cortesía, la
hospitalidad y la cordialidad, con las cuales formaba un amasijo de prácticas,
usos, costumbres y estilos de comportamiento que daban solidez al tejido social
en barrios, colonias, pueblos y ciudades. No es que en esas décadas no hubiera
personas poco honradas o para nada honradas (o sin honor, descorteses, no
hospitalarias o poco cordiales); por supuesto que sí. Pero en el clima cultural
prevaleciente, la honradez (y el conjunto de valores del que ella formaba
parte) era reconocida como norma de conducta y criterio de valoración de
comportamientos y actitudes.
De tal suerte que alguien que hiciera algo deshonroso (o algo falto de honor,
etc.) era consciente, ante mismo y ante los demás, de su falla. Es decir, su
conciencia moral y el juicio moral de los otros asumían que era reprochable
haber violado la exigencia socialmente compartida de la honradez y de ello
se seguían las actitudes y comportamientos correspondientes: de vergüenza
por parte de la persona que había cometido el acto bochornoso y de regaño,
rechazo e incluso ostracismo por parte de familiares, amigos y comunidad.
En el marco de un cambio económico y cultural que se comenzó a fraguar en los
años ochenta, pero con más contundencia en los años noventa, la honradez (y
los valores que le estaban asociados) comenzó a desfallecer como valor moral
importante (como criterio normativo y valorativo de la conducta de la gente).
Desfalleció hasta prácticamente desaparecer del horizonte moral de la sociedad
salvadoreña.
Otro clima moral comenzó a ganar predominancia (hasta imponerse casi
absolutamente), a la par de la gestación de una mercantilización económica que,
al ponerle precio a todo y medir todo a partir de criterios de pérdidas o ganancias
económicas, hizo de la honradez algo poco redituable en términos económicos.
Ese nuevo clima cultural y el mercantilismo, que se impuso desaforadamente a
partir de los años noventa, soterraron (anularon, desacreditaron, ridiculizaron)
el valor de la honradez. En este marco, la satisfacción moral que se deriva de la
honradez dejó de ser importante.
El éxito fácil (económico, principalmente), la ostentación (carros, casas, joyas,
viajes), la acumulación de bienes, el ascenso socio-económico, el consumismo
exacerbado, las expectativas inadas acerca de lo que se merece en términos
económicos (pero no sólo económicos), la insatisfacción permanente con lo
que se ha logrado en bienes materiales y la búsqueda permanente de más
cosas (más lujosas, más caras, más ostentosas), el desprecio hacia los débiles
y hacia los poco ambiciosos (considerados “fracasados”), la adulación hacia
los “triunfadores”, sobre todo si su triunfo había sido fácil, la contraposición
entre los “vivos” y los tontos, esos y otros valores de igual calado se fueron
imponiendo lenta pero inexorablemente en amplios sectores de la sociedad,
especialmente en la clase media.
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En una palabra, la vida de los ricos más ricos se convirtió en el modelo a seguir,
en aspiraciones, búsqueda de dinero, consumo y ostentación. Ser como los ricos
(pertenecer a la clase de los nuevos ricos) se impuso como el supremo ideal una
clase media huérfana de otros referentes, hastiada de renuncias y compromi-
sos, y ansiosa, ahora sí, de ascender hacia el sitial de privilegios del que históri-
camente había sido marginada. Los ricos parecían dispuestos de darle el dinero
que hiciera falta (con préstamos y tarjetas de crédito) y las oportunidades para
disfrutar de la felicidad que sólo el dinero puede dar. Alguien dijo, por aquellos
años noventa: “el dinero no es toda la felicidad, pero casi”, con lo cual expre-
saba el espíritu de los nuevos tiempos para la clase media.
Ciertamente, a nuestra clase media, desde su constitución rme (o bastante
rme) a mediados de los años cincuenta del siglo XX, nunca le fueron ajenos
algunos de esos valores o valores parecidos. El afán de progresar, la búsqueda
del ascenso social, el poseer bienes y recursos generados en el marco de la
urbanización y la industrialización…, pero esos valores no anularon valores im-
portantes como la honradez (o la solidaridad, el compromiso con los sectores
populares, la hospitalidad, el compartir, etc.), pues antes de la década de los
noventa la clase media salvadoreña no tenía como aspiración exclusiva suya
vivir en la riqueza a la manera de los ricos del país ni tampoco el mercantilismo
la había atrapado en sus redes como lo hizo desde que nalizó la guerra civil.
La clase media abrazó el nuevo clima cultural sin reserva alguna. Y se plegó
al mercantilismo sin rechistar e incluso con satisfacción. Renunció a derechos
—como la educación pública, por ejemplo— que la habían beneciado a ella
principalmente, pero también a los sectores populares. Aceptó la lógica de que
la educación privada es mejor (según el lema que dice “cuanto más caro es
algo es de mayor calidad”), porque vio en ello un signo de distinción y ascenso
socio-económico.
De la misma manera se hizo cargo de la mercantilización de la salud, las pen-
siones y las telecomunicaciones. Asumió sin rechistar que no había nada más
importante y mejor en la vida que ser una persona rica y que para lograr tal
propósito cualquier medio era bueno. Lo importante era triunfar, tener éxito.
Sobresalir. Cualquier cosa que se interpusiera en el camino debía ser desechada
como una jugarreta de quienes estaban en el mismo empeño aunque dijeran lo
contrario.
Fue así como la honradez fue expulsada de la vida cultural y social. Y es que
para quienes estaban atrapados en las redes del éxito fácil, la acumulación de
dinero y el mercantilismo, la honradez o era abanderada por los tramposos (que
aspiraban a lo mismo) o por los “perdedores”, los “dinosáuricos”, los que no
entendían que quien no tiene dinero no vale nada.
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Las consecuencias de haber desterrado la honradez de la vida cultural y social
(lo mismo que haber desterrado los valores que le son próximos) han sido graves
consecuencias para la convivencia social. Ninguna sociedad puede apostarle a
un proyecto de convivencia decente (igualitario, de bienestar compartido, de
solidaridad) si amplios sectores suyos están dispuestos a lo que sea con tal de
convertirse en ricos de la noche a la mañana. Un valor como la honradez es un
correctivo a ese tipo de conductas, un correctivo individual pero también un
correctivo social.
Por eso, en esta reexión se hace una defensa de la honradez. Pero junto a ella
se deenden otros valores que la cultura neoliberal ha anulado y que es necesa-
rio revitalizar, tal como han hecho otras naciones en el mundo.
A propósito de lo anterior, en un reciente documental de Michael Moore, titu-
lado “¿Qué invadimos ahora?”, el cineasta viaja por Europa en busca de bienes
de conquista para llevar a su país. Se hace referencia aquí a tres países, como
ilustración: en Italia, en una empresa de ropa los dueños le dicen que para ellos
sus trabajadores deben gozar de una buena vida, y que eso no pone en riesgo sus
ganancias; en Portugal, los policías le dicen que lo más importante en su país
es la dignidad de las personas; y en Finlandia, donde los niños reciben pocas
horas de clase y gozan de tiempo para jugar, los maestros le hacen ver que lo
más importante es que los niños no dejen de serlo. Dignidad, felicidad, amistad,
tolerancia, fraternidad y respeto a quienes nos rodean versus consumismo, afán
de triunfar, sobresalir opacando a otros, poseer cosas (dinero, carros, casas) y
ostentar. Denitivamente, los nlandeses, los italianos o los portugueses viven
mejor (son más felices, más dignos) que los estadounidenses. Esa es la conclu-
sión de Michael Moore. Denitivamente, para nosotros, apropiarnos del “estilo
americano” fue una pésima elección.
3. La prudencia
Acabamos de hablar de la honradez. Ahora le toca el turno a la prudencia, una
de esas virtudes esenciales que hoy por hoy, al igual que la honradez y sus va-
lores asociados, está de capa caída. Soterrada por la imprudencia —manifestada
de mil y una formas— la prudencia urge de ser revitalizada, pues sin ella, como
autocorrectivo individual y colectivo, el sentido de los límites y las precaucio-
nes ante los propios excesos se pierden de manera inexorable. Y es que pre-
cisamente a lo que apunta la prudencia es la autocontención, al autocontrol, a
evitar los excesos en acciones y palabras, a no traspasar ciertos límites, a evitar
los extremos en lo que hace o en lo que se dice.
Para Cicerón, la prudencia es, junto con la justicia, la fortaleza y la templanza,
uno de los cuatro principios de la honestidad. Y sobre ello apunta lo siguiente:
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“Mas todo lo que es honesto ha de proceder de alguna de estas cuatro partes.
Porque, o consiste en la investigación y conocimiento de la verdad, o en la
conservación de la sociedad humana, en dar a cada uno lo que es suyo, y en
la delidad de los contratos, o en la grandeza y rmeza de un ánimo excelso
e invencible, o en el orden y medida de todo cuanto se dice y hace, en que se
comprende la moderación y la templanza.
Estas cuatro partes, aunque están unidas y enlazadas entre con una mutua
dependencia, con todo, cada una de ellas produce ciertas clases de obligaciones
particulares. Por ejemplo, de la primera, en que colocamos la prudencia y la
sabiduría, nace la indagación y el descubrimiento de la verdad; y este es el
ocio propio de esta virtud. Porque el hombre que con más claridad percibe
la pura e ingenua verdad de cada objeto, el que penetra y explica con más
agudeza y prontitud las razones, es el que se reputa por más sabio y prudente.
Por lo cual el objeto de esta virtud y la materia, digámoslo así, que ha de tratar
y en que ha de ejercitarse, es la verdad”.
Prudencia no es igual a cobardía, pues quien es prudente sabe ser valiente cu-
ando las circunstancias lo ameritan. Por tanto, lo opuesto a la prudencia no es
la valentía, sino la imprudencia, bajo cuyo apartado se engloban todos aquellos
hábitos y prácticas fuera de control, excesivos y sin límites. Se trata hábitos y
acciones imprudentes un sentido ético-moral: dañan moralmente a otros, al-
teran la vida los demás, tienen implicaciones negativas en la convivencia entre
las personas.
Decíamos que antes que se puede ser imprudente de palabra y de obra. Los
ejemplos de uno y otro tipo abundan. En el primer caso, una persona es im-
prudente de palabra cuando habla en lugar de callar, cuando dice más de lo
que debe decir, cuando habla para herir a otros o cuando dice o escribe cosas
carentes de sentido y fuera de contexto. En nuestro país, la imprudencia verbal
es un mal endémico. Las “redes sociales” están ahí para corroborarlo. También
están los programas de entrevistas en la televisión y las columnas de opinión
en la prensa escrita. Muchas veces, quienes son imprudentes en el uso de las
palabras lo hacen sin la intensión de causar daño a terceros —a esas personas se
aplica aquello de que “sólo hablan por hablar”—. Sin embargo, en incontables
ocasiones, la imprudencia verbal sí tiene como objetivo causar daño: en los
años setenta y durante casi todos los años ochenta la imprudencia verbal (por
ejemplo, de los medios de comunicación en la muerte de los jesuitas de la UCA
o de los llamados “orejas” que delataban a los opositores de los gobiernos mili-
tares) se tradujo en la muerte de personas inocentes. En el presente, una buena
parte de las opiniones imprudentes que se escuchan o leen tienen por nalidad
causar daño al gobierno, al FMLN o a dirigentes de este partido.
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En cuanto a acciones imprudentes, las hay en abundancia. A los conductores de
vehículos particulares, microbuses y autobuses se suman ahora los conductores
de motocicletas, a quienes casi en bloque les ajeno el sentido de los límites
y del autocontrol. Su imprudencia, en este caso, pone en riesgo la integridad
física de quienes caminan, ciertamente con dicultades, por las calles y aveni-
das de las ciudades del país, principalmente en San Salvador. Hay, por supuesto,
otras acciones que se pueden ser leídas desde el término que nos ocupa. Por
ejemplo, el evento de jóvenes de ARENA auspiciado por la embajada de EEUU
en días recientes, fue un acto imprudente por parte de la embajadora de ese
país en El Salvador.
Naturalmente que esa acción debe ser evaluada desde otros criterios, políticos
y jurídicos. Desde este punto de vista, se trató de un acto partidario ilegítimo
e injusticable, en cuanto que un representante diplomático acreditado ante
el Estado salvadoreño no debe (ni puede) identicarse abiertamente con un
partido ni mucho menos sumarse a su campaña política. Y eso fue lo que hizo
la embajadora de EEUU, Jean Manes, al patrocinar un evento con y para la
juventud de ARENA. Es impensable que la embajada de El Salvador en EEUU
(o cualquier embajada de otro país) realice un acto político partidario en su
sede diplomática en favor de un partido en contienda en EEUU. La embajadora
cometió un grave error diplomático, y su acción está a la espera de un análisis
serio y no servil por parte de los expertos en derecho internacional.
Pero más allá de eso, la embajadora de EEUU fue imprudente al auspiciar a un
grupo de jóvenes vinculados con un partido político, y cuya nalidad –como
dijo el líder del movimiento— es fortalecer a ARENA. La embajadora tuvo que
haberse autocontenido, tuvo que haberse puesto límites a misma, pues hay
cosas que ella no puede hacer, por más que las ganas la desborden. Son impru-
dentes también quienes la deenden, sabiendo que lo que ella hizo es indefend-
ible. Apelar a los derechos de los jóvenes a expresarse políticamente es una
defensa inadecuada (imprudente, porque se dice algo fuera de contexto y ajeno
al tema en discusión) pues un partido como ARENA (o cualquier partido) debe
buscar los medios para canalizar las ansias de su juventud. Además, en ARENA
se trata de un partido con dinero suciente para generar esos espacios sin los
auspicios de la embajada de EEUU.
Así que la imprudencia diplomática salió a relucir de manera abierta. Salió a
relucir la imprudencia de quienes opinan sin argumentos de peso, sin atreverse
a aceptar que hay cosas intolerables.
Cuánta falta nos hace la prudencia. Cuánta falta nos hacen esos valores que
le son anes: la mesura, el silencio, el sentido del equilibrio y del tiempo, la
templanza y la claridad mental (que sólo da un buen uso de la razón). Decir lo
primero que se viene a la mente es un atentado contra la prudencia verbal.
O, lo que es lo mismo, no pensar bien lo que se va a decir. Actuar sin medir
En torno a una nueva cultura. Luis Armando González
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las consecuencias de lo que se hace es un atentado contra la prudencia en las
acciones. Como quiera que sea, ahí donde predomina la imprudencia (verbal o
en las acciones) la convivencia con nuestros semejantes es sumamente compli-
cada. Nuestros mayores lo sabían y por eso acuñaron expresiones de enorme
sabiduría, como estas:
“En boca cerrada no entran moscas”
“Es mejor callar que hablar”
“Calladito se ve más bonito”
“Machete estate en tu vaina”
Ahora bien, ser imprudente no cuesta nada. Ser prudente sí que es difícil; por
eso es un deber ser. La imprudencia acecha por doquier, y hay que tener una
dosis suciente de razón y de equilibrio para no ser presa fácil de sus argucias.
Nadie está exento de caer en sus garras en cualquier momento de su vida. Todos
hemos sido imprudentes en alguna ocasión y seguramente lo volveremos a ser.
Nadie puede presumir, pues, de haber sido siempre y en todo lugar un ejemplo
sin par de prudencia. Pero eso no quiere decir que nos crucemos de brazos y
cultivemos, sin control alguno –imprudentemente--, ese pernicioso hábito. Al
contrario, la facilidad con la que se expande (y los daños que causa) en estos
tiempos de chismorreo mediático hace más necesaria que nunca la tarea de
cultivar la prudencia como hábito vital para una convivencia civilizada. La
incrustación cultural de la imprudencia (en las acciones y las palabras) da la
medida de lo difícil que es la tarea de revitalizar culturalmente la prudencia y
el conjunto de valores que le son anes.
De nuevo, una cita de Cicerón:
“es obligación del ánimo constante y fuerte no perturbarse en los casos adversos
ni caer de su estado, digámoslo así, por alucinarse; sino estar siempre sobre sí,
y no apartarse de la razón.
Mas aunque éstas son propiedades de ánimos grandes, es también propio de
mucho entendimiento el prevenir con el pensamiento lo venidero, y tener
formado juicio de lo que por una y otra parte puede acontecer, y lo que se ha
de hacer en cualquier acontecimiento; de forma que nada nos sorprenda… Lo
cual cabe únicamente en un ánimo grande y sublime que sólo se fía y se funda
en la razón y la prudencia”.
4. El silencio y la soledad
Es poco (o casi nada) lo que se dice sobre el valor del silencio y de la soledad.
A propósito del silencio, quizás porque una larga tradición autoritaria se las
arregló para imponerlo como mecanismo de sometimiento y miedo. Pero no
es de ese silencio “impuesto” del que aquí se trata, sino del silencio como
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una opción y una alternativa al ruido imperante y a la obligación socialmente
condicionada de no permanecer en silencio, sino a sumar la propia voz al ruido
predominante. Es decir, en los tiempos que corren lo obligado no es silencio
que está mal visto- sino su contrario: el ruido, el bullicio. De ahí la importancia
de reivindicarlo como un valor imprescindible para una vida buena, como ya lo
sabían los moralistas romanos en la antigüedad clásica, los Padres de la Iglesia
y los pensadores orientales.
Hermano gemelo de la prudencia, el silencio es más radical. Aquélla invita a
la mesura en el decir y en el obrar, este a suspender el decir, ya sea de forma
temporal o ya sea de forma denitiva, como hicieron en el pasado monjes,
santos y ermitaños en la tradición cristiana. En una sociedad del bullicio como
esta en la que nos toca vivir, quizás sea imposible el silencio absoluto. No lo es,
sin embargo, el silencio parcial, el silencio temporal. Justamente, la sociedad
del bullicio nace necesaria y urgente la puesta en vigencia una práctica del
silencio que poco a poco se vaya convirtiendo en un hábito individual y colectivo
que incida —junto con valores como la prudencia, la honradez, la sensatez,
la tolerancia y la moderación— en las formas de comportamiento vigentes, y
ayude a su transformación.
¿Silencio para qué? Para muchas cosas, francamente positivas y sanas. En primer
lugar, para conversar con uno mismo, como quería Antonio Machado, quien además
esperaba también hablar algún día con Dios. Así lo dice el poeta en “Retrato”:
“Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la lantropía”.
Qué importante y vital es conversar con uno mismo, tomarse el tiempo para
hacerlo. Cuánta gente no lo hace, atrapada no sólo en la vorágine de los tiem-
pos y ritmos impuestos por el reloj, sino dominada por las exigencias de estar,
permanentemente, diciendo algo, de estar siempre volcada hacia el exterior
de sí misma. Conversar con uno mismo es volcarse hacia la propia vida interior,
para explorar asuntos que trascienden la inmediatez que nos devora –para abrir-
nos al misterio de Dios, como quiere Machado— o para pensar mejor nuestras
acciones y decisiones.
Esa pausa del pensamiento reexivo es algo que brilla por su ausencia en este
país del activismo febril y del decir fácil. Para pensar reexivamente, para
conversar con nosotros mismos acerca de la realidad del más allá y del más acá,
es necesario, es imprescindible, el silencio. Sin él, es imposible pensar. Y si no
se piensa bien lo que se va a decir o lo que se va a hacer, lo más seguro es que
se digan sinsentidos y absurdos y que se realicen acciones precipitadas y fuera
de control.
En torno a una nueva cultura. Luis Armando González
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En segundo lugar, silencio para resguardarse, para protegerse, de las inclemencias
de un entorno hostil y pernicioso para la salud mental y corporal de las personas.
En la tradición budista esto es evidente. También lo es en las tradiciones
hinduistas y confucianas que reconocieron el valor esencial del silencio para
el cuido de la vida mental y corporal. Las enseñanzas budistas lo apuntan con
claridad:
“Tu silencio interno te vuelve sereno. Haz regularmente un ayuno de la palabra
para volver a educar al ego. Practica el arte de no hablar.
Progresivamente desarrollarás el arte de hablar sin hablar y tu verdadera
naturaleza interna reemplazará tu personalidad articial dejando brotar la luz
de tu corazón y el poder de la sabiduría el ‘noble silencio’. Gracias a esta fuerza
atraerás hacia ti todo lo que necesitas para realizarte y liberarte. Así pues,
quédate en silencio”.
Quedarse en silencio: un imperativo que, de convertirse en criterio de autocon-
trol personal, redundaría una mejor condición de salud mental y corporal. Pues,
precisamente, el entorno ruidoso que nos golpea cotidianamente no sólo llega
a nuestra mente, sino también a nuestro cuerpo. Nuestros sentidos y nuestra
sensibilidad se han acostumbrado tanto a la música estridente, los gritos, la
publicidad y las arengas de los activistas religiosos (que en conjunto generan
un bullicio fuera de control y difícil de procesar) que no nos damos cuenta del
deterioro que eso supone para nuestra calidad de vida. Se ha hecho tan normal
la invasión y laceraciones al propio espacio mental y corporal que no nos damos
cuenta de lo anómalo de la situación. No nos damos cuenta del impacto de ello
en nuestra felicidad personal y familiar. Sólo nos daremos cuenta de la gravedad
de tales dinámicas en la medida en que comencemos a valorar el silencio. Y,
en la que medida que lo vayamos poniendo en práctica, no daremos cuenta de
su importancia como resguardo ante las inclemencias de un entorno ruidoso y
avasallador de nuestra integridad personal.
El silencio como resguardo nos permite defender y ejercer un doble derecho: a)
el derecho a guardar silencio cuando no queremos hablar y b) el derecho a no
escuchar aquello que no queremos escuchar. Lo primero va a contracorriente
de mala costumbre predominante de (casi) forzar a que la gente siempre diga
algo, aunque esté fuera de lugar, sea reiterativo o carezca de sentido. Contra
toda razón, el silencio se ve mal, no se tolera. El ruido se estimula y premia. Se
tiene que invertir este estado de cosas, dando su debido lugar al silencio no sólo
como un hábito loable, sino como un derecho de quienes simplemente preeren
callar en lugar de hablar. Lo segundo va a contracorriente de la mala costum-
bre de obligar a otros que escuchen lo que no quieren escuchar. Desde quienes
hablan por teléfono celular delante de quien sea, pasando por quienes lanzan
consignas religiosas en las plazas y parques, hasta los conductores de motos
y carros que pitan descontroladamente en calles y avenidas, la imposición de
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TEORÍA Y PRAXIS No. 31, Junio-Diciembre 2017
ruidos hirientes para la sensibilidad y la mente es generalizada y preocupante.
En relación con lo anterior, en tercer lugar, el silencio es un importante recurso
para no interferir abusivamente en el espacio mental, pero también físico de
los otros. O sea, el silencio nos protege de los demás, pero también los protege
a ellos de nosotros. Se trata, en ese sentido, de un mecanismo de autocontrol,
ante la propia vocación a ser ruidosos y a inmiscuirnos en la vida interior de los
demás, violentando muchas veces el derecho al silencio que ellos nos hacen.
Hijos e hijas de una cultura del bullicio y del ruido, hijos e hijas de una cultura
que castiga el silencio y alienta el no quedarse callados, nosotros también
debemos “practicar al arte de no hablar” para no interferir en el silencio de
otros o para ayudarles a cultivarlo.
Tenemos que respetar el derecho de los demás no solo a quedarse callados
cuando no quieren hablar —sin cuestionar ni inmiscuirnos en las razones de
ello— sino también a no ser invadidos, en su intimidad mental y corporal, por
nuestras arremetidas ruidosas mediante las palabras que salen de nuestra boca
o mediante ruidos que salen de instrumentos bajo nuestro poder (carros, motos,
video caseteras, televisión, radio o aparatos de música). Violar el derecho de
otros al silencio y al resguardo de su intimidad debería ser algo intolerable para
uno mismo, así como también debería serlo que otros atentaran contra ese
derecho en nosotros.
Terminamos con una breve reexión sobre la soledad, que por cierto está
íntimamente ligada al silencio. Al igual que éste, también la soledad está de
capa caída en estos tiempos ruidosos y mercantilistas. Es difícil conversar con
uno mismo en silencio —o leer un libro o meditar o reexionar sobre asuntos
que van más allá de lo inmediato— sin una dosis de soledad, pues el ruido y la
interferencia de los demás no son buenos acompañantes de hábitos como los
mencionados. Pero no sólo se trata de una soledad que es necesaria para el
cultivo de actividades intelectuales o meditativas, sino que también lo es para
el cuido de la integridad corporal, lo cual por el cultivo de un espacio (o de un
ámbito) al cual sólo debe tener acceso exclusivo la propia persona, y quizás sólo
extraordinariamente aquellos a los que ella autorice.
A primera vista, es curioso que, en un mundo en el que se proclama como
la esencia de todo el individualismo y la privatización, la soledad tenga tan
poca valía. Hay una razón para ello: el individualismo privatizador es ruidoso,
violenta la integridad física y mental de las personas, invade con sus productos
tecnológicos la intimidad de la gente.
La soledad es imposible en un contexto cultural y económico en el cual las
personas están atrapadas en las redes de comunicación y de consumo casi las
24 horas del día, los 7 días de la semana. Lo que menos desean los estrategas
de la economía y la cultura neoliberales es que las personas busquen refugio en
En torno a una nueva cultura. Luis Armando González
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la soledad (o en el silencio). Eso signicaría una parálisis para el consumismo,
que pasa por una renuncia al autodominio, al auto cuido y a la propia integridad
mental y corporal, y una obsesión por las relaciones incesantes con el mercado
y sus productos.
El individualismo privatizador es masicador; uniformiza los gustos y los hábi-
tos. Avasalla al individuo, no lo reivindica. Anula los ámbitos de la vida privada
en los que se juega la intimidad y la dignidad de las personas. Los mercantiliza.
Los publicita. Como nunca, en estos tiempos neoliberales, la vida privada de las
personas se ha desvanecido, ante los embates de una cultura que fomenta esa
renuncia a lo que debería ser exclusivo de cada persona en particular.
Es por lo anterior que la soledad y el silencio se hacen necesarios. No como
valores absolutos. No de forma dogmática. Hay que tomarlos como recursos
terapéuticos en estos tiempos tan urgidos de contrapesos a sus prácticas, hábi-
tos y costumbres que avasallan a la gente y que ponen en vilo su salud mental
y corporal.
5. Reexión nal
Las dinámicas culturales inciden fuertemente en la convivencia social, erosion-
ándola o fortaleciendo el nexo social. De ahí la importancia de reexionar en
torno a la cultura predominante en una sociedad como la salvadoreña, car-
acterizada por un grave deterioro en los valores, los hábitos y las prácticas
individuales y colectivas. Es decir, esta reexión es urgente cuando en la so-
ciedad tienen vigencia dinámicas culturales que socavan las posibilidades de
unos valores, hábitos y prácticas respetuosos de la dignidad de las personas y
del entorno socio-natural, y propiciadores del orecimiento de estilos de vida
anclados en el apego a la comunidad y en la memoria histórica. Nuevos valores,
nuevas creencias, nuevos hábitos y nuevas prácticas se hacen necesarios en un
contexto como el de El Salvador de la segunda década del siglo XXI, en el cual
la cultura predominante, consumista, mercantilista, individualista y neoliberal,
está lejos de ser el cemento que contribuya a su viabilidad como un proyecto
de convivencia social solidario, justo e inclusivo, el cual el eje legitimador del
quehacer estatal y empresarial sea la dignidad de las personas y no la acumu-
lación y/o la ostentación de bienes y riqueza.
Bibliografía
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