
TEORÍA Y PRAXIS No. 31, Junio-Diciembre 2017
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Hernán Cortés, Bartolomé de las Casas, Toribio Benavente (Motolinía), Francisco
López de Gómara, Álvar Nuñez Cabeza de Vaca, Bernal Díaz del Castillo, Fray
Bernardino de Sahagún, el Inca Garcilaso de la Vega, Gonzalo Fernández de
Oviedo, Pedro Cieza de León y tantos otros. Aquella insólita realidad, habitada
por seres inéditos, dueños de culturas absolutamente diferentes, no tenía,
todavía, para ellos, palabras que la nombraran. Y para colmo, al igual que más
tarde los modernistas, tuvieron que mirar con nuevos ojos lo que ocurría en ese
preciso instante en que ocurría. De ahí que trataran, en medio de la urgencia
y el vértigo de esa inmediatez, de entender toda esa pluralidad a través de
las imágenes europeas. De ahí también que lo mezclaran todo: la información
de lo que tocaban, olían y comían, con lo que se les antojaba sobrenatural o
monstruoso, con sus creencias míticas en sirenas, cíclopes, pigmeos, faunos y
cinocéfalos que aparecían en el imaginario medieval, o con lo que escuchaban,
veían y soñaban mientras eran tragados, junto con la realidad, por descomunales
selvas o la luz enceguecedora del trópico. Era un mundo que nacía a medida que
ellos lo iban escribiendo. Narrar era entonces un acto de fe, fervor y delirio que
presuponía, paradójicamente, la certeza.
Los fundadores del movimiento modernista —corriente literaria de los convulsos
nales del siglo XIX y principios del XX—, fueron herederos de esa exaltada
manera de traspasar los límites, que incorporaba en sus crónicas, como espacio
de transgresión y transculturación, los ecos de Fray Luis de León y de Baudelaire,
los recursos de la prosa francesa de la época (especialmente de las chroniques
publicadas en 1850 en el periódico Le Figaro) y la experiencia del parnasianismo,
el impresionismo, el simbolismo, el expresionismo y, por supuesto, del propio
periodismo que, mediante la crónica, como ejercicio de cotidiana temporalidad,
abría la puerta para que entrara la vida. Todo conuía, pero como herencia no
como imitación o repetición de moldes: a partir de una voluntad expresiva vital
e innovadora que se constituía en un nuevo modo de decir.
Ellos, además, con su empecinada vocación latinoamericanista y fundacional de
pensar y ver el mundo desde este lado del mundo (de “pensar en americano”,
diría Miguel de Unamuno), fueron los culpables de que las simbólicas y
domesticadas cigüeñas, las legendarias portadoras de bebés —que por aquel
entonces solo llegaban de París—, llegaran también de Managua, Buenos Aires,
Ciudad de México, La Habana o de cualquier otra parte del continente.
Al revolucionar la poesía, revolucionaron también la cultura hispanoamericana,
y por consiguiente su apasionado trabajo como cronistas, pues, en esencia,
fueron la expresión de un profundo cambio histórico. El poeta y el periodista
se fundieron, se volvieron uno solo, al tiempo que desaaban, el uno y el otro,
el canon recibido. Las características propias de su poesía —“la búsqueda de
lo insólito, los acercamientos bruscos de elementos disímiles, la renovación
permanente, las audacias temáticas, el registro de los matices, la mezcla