TEORÍA Y PRAXIS No. 32, Enero-Junio 2018
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El autoritarismo de derechas como sustrato psicosocial de odio
1
Carlos Iván Orellana*
Recibido el 27 de octubre de 2017, aceptado para su publicación el 20 de noviembre de 2017
Resumen
Una expresión y un instigador probable de la psicología de los crímenes
de odio es el llamado autoritarismo de derechas. Estas tendencias
antidemocráticas, conservadoras y punitivas son identicables en El
Salvador de hoy vinculadas a las condiciones de alta inseguridad, violencia
e incertidumbre que experimenta el país. El artículo teoriza sobre el
autoritarismo de derechas y ofrece los resultados de una escala original
para medir el fenómeno. Los resultados principales reconrman que las
actitudes autoritarias existen en la población salvadoreña y que se ven
alimentadas por aspectos como la percepción de anomia o del prejuicio
hacia los delincuentes. Se concluye con algunas implicaciones y posibilidades
futuras de investigación.
Palabras Clave
Autoritarismo de derechas, Psicología de crímenes de odio, Homofobia,
Comunidad LGBTI, Actitudes, Violencia.
Abstract
An expression and a probable instigator of the Psychology of Hate Crimes
is the so-called Right-wing authoritarianism. These undemocratic,
conservative and punitive tendencies are identiable in contemporary El
Salvador linked to the conditions of high insecurity, violence and uncertainty
that the country experiences. The article theorized about Right-wing
Authoritarianism and offer some results of an original scale for measuring
the phenomenon. The main results reconrm that authoritarian attitudes
exist in the Salvadoran population and that they are fed by aspects such
1. Este artículo constituye una versión modicada y actualizada del capítulo: Orellana, C.I. (2017).
Proclivity to Hate: Violence, Group Targeting and Authoritarianism in El Salvador. En E. Dumbar, A.
Blanco & D. Crévecoeur-MacPhail (Eds.), The Psychology of Hate Crimes as Domestic Terrorism: U.S.
and Global Issues (Vol. I) (pp.239-281). Santa Barbara, CA.: Praeger Publishers.
* Doctor en Ciencias Sociales. Investigador de la Universidad Don Bosco, ivan.orellana@udb.edu.sv
El autoritarismo de derechas
como sustrato psicosocial
de odio
ISSN 1994-733X, Editorial Universidad Don Bosco, año 16, No.32, Enero-Junio de 2018, p. 105-136
El autoritarismo de derechas como sustrato psicosocial de odio
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as the perception of anomie or the prejudice towards the delinquents. It
concludes with some implications and future research possibilities.
Key Words
Right-Wing Authoritarianism, Hate Crimes Psychology, Homophobia, LGBTI
Community, Attitudes, Violence.
El artículo se estructura a partir de dos objetivos generales. El primero es
analítico y teórico. Se reexiona sobre lo que aquí se comprende como la
proclividad para odiar en El Salvador de hoy: la existencia y manifestación de
actitudes autoritarias. El “odio” del que aquí se habla remite a la categoría de
crímenes de odio, es decir, cualquier acto criminal alimentado totalmente o en
alguna medida por prejuicio o parcialidad (bias) hacia características identitarias
reales o atribuidas de otros como género, orientación sexual, religión, membresía
potica, discapacidad (Cheng, 2014; Sullaway, 2017). El feminicidio, el vandalismo
de sitios considerados como sagrados o el acoso a personas gay serían ejemplos
de crímenes de odio. Mientras el odio en mismo no constituye un crimen, el
crimen de odio o al menos su aprobación social, se vuelve más factible cuando
existe una base prejuiciosa autoritaria como la que se identica en buena parte
de la sociedad salvadoreña contemporánea.
Será argumentado que los altos niveles de violencia, de crimen y de
miedo, mediados por diversos factores particulares, producen y fortalecen
representaciones sociales acerca de la existencia de víctimas y de victimarios
que importan socialmente. Pero, otras víctimas –mujeres, personas del colectivo
LGBTI
2
o delincuentes– se verían sometidas a la desatención selectiva de la
sociedad al igual que ciertas disposiciones de los ciudadanos comunes que
pueden convertirlos en perpetradores probables o de facto. Esta construcción
diferencial y sesgada de víctimas y de victimarios se concretaría en un espectro
representacional discriminatorio que encontraría una de sus expresiones
consolidadas en la manifestación de actitudes autoritarias. El autoritarismo
encontraría condiciones objetivas de reproducción (violencia, prácticas sociales,
leyes, etc.) y constituiría una orientación social generalizada que conguraría,
entre otras cosas, un sustrato subjetivo antidemocrático, conservador y punitivo
que puede llegar a constituir un posible disparador de odio para señalar (target),
si no es que para atacar, a individuos miembros de ciertos grupos sociales.
Con base en los fundamentos anaticos, fenomenológicos y teóricos revisados,
el segundo objetivo del escrito es empírico y persigue mostrar evidencia
cuantitativa sobre la manifestación de tales disposiciones en El Salvador, las
actitudes autoritarias y sus características.
2. LGBTI es el acrónimo para personas Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero e Intersexuales.
No es extraño encontrar variaciones del acrónimo más largas, que connotan una misma letra con
distintos signicados simultáneamente o que permutan las letras del mismo.
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Las cifras, las víctimas y los perpetradores que importan
El incremento gradual de la violencia y el crimen al inicio del decenio de 1990,
mostraba que el país empezaba a sufrir la particular vulnerabilidad identicada
en sociedades que han nalizado conictos civiles. Según esta tendencia, después
de una guerra, las tasas de homicidio tienden a crecer con independencia de los
resultados del conicto y de la situación económica del país debido, entre otros
aspectos, a la inefectividad de los sistemas judiciales y policiales y las normas
propias del contexto postconicto (Morrison, Buvinic & Shifter, 2005). En ausencia
de recursos, voluntad política, estabilidad institucional o conocimiento de causa
para contrarrestar tales derivas, y con persistentes niveles de desigualdad social
dinamizados por la implementación de un nuevo modelo económico neoliberal,
un cuarto de siglo después, la situación de crimen y de violencia se ha convertido
en una realidad totalizante que permea distintas dimensiones de la existencia
nacional.
La violencia en El Salvador consumiría el 29.6% del Producto Interno Bruto nacional
(Instituto para la Economía y la Paz, 2017). Aleja la inversión ecomica y socava
el desarrollo empresarial local debido a las extorsiones (Fundación Salvadoreña
para el Desarrollo Económico y Social, [FUSADES], 2014). Las instituciones de
justicia y de seguridad se ven desbordadas y desnaturalizadas en su razón de ser,
lo cual hace persistir altos niveles de inecacia y de impunidad. En la actualidad
se calcula que más del 80% de delitos denunciados a la Fiscalía General de la
República resultan archivados, más del 70% de los casos que ingresan al sistema
judicial son sobreseídos y sólo un 15% de los procesos judiciales iniciados recibe
condena penal o absolutoria (Instituto Universitario de Opinión Pública, [IUDOP],
2014). Asimismo, se calcula que más de 60,000 salvadoreños han abandonado
anualmente el país en las últimas tres décadas y tanto adultos como niños y
niñas encuentran en la violencia uno de los motivos fundamentales para migrar
(Kennedy, 2014; Orellana, 2014; Programa de las Naciones para el Desarrollo
[PNUD], 2013).
Pero son las cifras relativas a muertes violentas las que suelen copar las noticias,
el estupor social y la plática cotidiana. Esto es así porque, al menos en los
últimos veinticinco años, las tasas de homicidios siempre han alcanzado niveles
epidémicos y porque la letalidad asociada a tales hechos los convierte en una de
las inquietudes ciudadanas fundamentales. Desde el n de la guerra (junto con la
situación económica), la violencia criminal y sus facetas, constituye el problema
que más preocupa a los salvadoreños (IUDOP, 2014; Santacruz, 2010). Según The
Economist (2017), con una tasa de homicidios nacional de 91/100,000 habitantes
y una en San Salvador de 137/100,000, El Salvador en la actualidad se situaría
como el ps más violento del mundo con la ciudad más peligrosa del mundo.
Esto es especialmente grave si se considera que no existen conictos armados
en desarrollo o que Honduras y Guatemala, como parte del Triángulo Norte
centroamericano, ostentan niveles de violencia igualmente desproporcionados.
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La mayoría de los asesinatos –un 70% de ellos– son cometidos con armas de fuego,
en áreas urbanas y destacan, por su magnitud, el asesinato de hombres adultos
venes. En 2015, la tasa de homicidios masculinos alcanzó las 199.6 muertes
por cada 100 mil habitantes, mientras la tasa de muertes de mujeres llegó a
16.8 muertes por cada cien mil habitantes (Fundación Dr. Guillermo Manuel Ungo
[FUNDAUNGO], 2016). Pero el riesgo de morir de forma violenta en el país no
es exclusivo de los adultos: con una tasa de homicidios de 27 sobre cien mil
habitantes, El Salvador es el país donde más niños y niñas y adolescentes mueren
asesinados en el mundo y el tercer país de Latinoamérica y el Caribe donde
el homicidio es la principal causa de muerte de niños (Fondo de las Naciones
Unidas para la Infancia [UNICEF], 2014). La frecuencia con la que mueren o matan
niños y jóvenes se explica en buena medida por el protagonismo de las pandillas
en la generación de violencia. La presencia de estos grupos en las dinámicas
sociales y comunitarias es de tal calado que se considera que han logrado
mutar en grupos de presión política, fungir como actores de seguridad pública y
atemperan a conveniencia conictos comunitarios y domésticos en los territorios
que controlan (Carballo, 2015; Hernández-Anzora, 2016; Molina, 2015). Aunque
en las últimas dos décadas las pandillas se han aanzado en el imaginario social
como la encarnación principal de la violencia y la inseguridad en el país, no se
puede sostener que sean las únicas responsables de los homicidios pues las cifras
ociales no respaldan tal aseveración (ver IUDOP, 2014).
La gestión de un entorno violento se traduce en tendencias, números frecuentes,
elementos concretos para el cálculo de los riesgos y la identicación de los
peligros. Se colocan rostros a las amenazas y se fortalecen representaciones
sobre la violencia. Lo que incluye la progresiva y conveniente conguración
representacional que construye, visibiliza o invisibiliza ciertas víctimas y ciertos
victimarios. Un entorno violento estimula la producción de interpretaciones de
la gravedad de la situación, de justicaciones y de demarcaciones simbólicas y
grupales que discriminarán a propios y a extraños, lo cual, en un esfuerzo siempre
urgente y adaptativo, fortalece esfuerzos defensivos y la búsqueda de control
sobre los acontecimientos diarios. Pero de esta forma, algunas concreciones de
la violencia y del crimen, como algunas víctimas y ciertos perpetradores, reales
o potenciales, terminan siendo socialmente invisibilizados. Así ocurriría en El
Salvador actual con los crímenes de odio, el ataque que sufren ciertos grupos
sociales (mujeres y personas LGBTI), ciertos infractores (delincuentes comunes
o miembros de pandillas), y aquellos victimarios enfundados en el ropaje de
supuestos ciudadanos “buenos y honrados”.
Las facetas de la violencia en El Salvador son múltiples, complejas e intrincadas
entre sí. Los datos revisados sólo pretenden ilustrar y resaltar que, debido a un
efecto combinado de magnitud, visibilidad, preocupación social y de manejos
políticos, en el país pueden identicarse órdenes representacionales superpuestos
pero jerárquicos de víctimas y de victimarios. La reconstrucción constante de un
dato se traduce, en última instancia, en la construcción y la consolidación de una
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representación social dominante. La violencia y su gestión cotidiana propician en el
país un consenso colectivo implícito que atribuye un rostro esencialmente joven y
masculino a las víctimas y a los victimarios. Estos últimos, por su parte, son vistos
como “monstruos”, como seres inmorales y malos cuya vida está consagrada al
crimen (e.g, las pandillas). El resultado de la consolidación de este imaginario
hegemónico será que ciertos números, ciertas víctimas y algunos victimarios
son perceptual y discursivamente devaluados al grado de perder relevancia y
existencia social. Butler (2006) sostiene que en las sociedades contemporáneas
existen formas de distribución y de reconocimiento del dolor y del duelo.
Mientras algunas vidas y algunas muertes encuentran resonancia social, otras, en
cambio, son consideradas como vidas que no valen la penay cuya pérdida es
indolora. Algunas vidas y algunas muertes movilizarán la indignación social, pero
otras invitarán al silencio, a la denuncia sin respuesta, a privatizar el dolor de la
pérdida. La estructuración del mundo entre vidas que importan y vidas que no,
de fondo, responde y consolida marcos normativos excluyentes que denen quién
es humano y quién no lo es (Butler, 2006, 2010).
Espectro representacional autoritario: una herramienta social subjetiva para
señalar grupos sociales.
Los altos niveles de violencia en El Salvador favorecerían la cristalización de una
caracterología dual y epidérmica visible, fotograable de una víctima joven
masculina y buena y un victimario igualmente joven y masculino, pero malvado
(Hume, 2007; Martel, 2006). Pero realidades como estas contribuirían también a
la emergencia de ciertos repertorios sociales y representaciones intergrupales
rígidas, deprecatorias y de corte defensivo (Bar-Tal, 2007). Se propone que tales
representaciones se distribuirían en un espectro compuesto por, al menos, cuatro
facetas: misoginia, homofobia, moralismo y punitividad. Las dimensiones en su
conjunto constituirían un espectro representacional autoritario consonante, en
sentido amplio, con una cultura de la violencia y una cultura del honor (Cruz,
1997; Nisbett & Cohen, 1996). En sentido restringido, el espectro convergería
con una ideología de desigualdad que justicaría el antagonismo grupal donde
diversas formas de prejuicio llegan a funcionar como un síndrome (Zick et al.,
2008). Se propone que el espectro representacional mencionado cobraría especial
existencia bajo la forma de dos dimensiones derivadas del mismo con fronteras
permeables y cuyos componentes podrían permutarse entre , a saber:
a) Dimensión misógino-homofóbica:
Esta se vericaría en narrativas que
usualmente provienen del sector empresarial o político. Ante la multiplicación de
víctimas, y en particular ante la muerte diaria y masiva de hombres jóvenes, estas
claman por la defensa de un abstracto “futuro de la nación” a través de diatribas
acerca de la pérdida de productividad económica, de empuje, de provisión. Valga
decir, de virilidad nacional. Después de todo, las formas de dominación masculina
son efectivas en la medida en que logran ser indetectables y se presentan como
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capital simbólico, como prácticas incuestionables y cargadas de deseabilidad
social (Schongut, 2012). Por otro lado, el carácter misógino de esta dimensión
se sirve de la menor magnitud numérica de las muertes de mujeres comparadas
con las de los hombres. No obstante, se pasa por alto que el agravamiento de la
violencia dirigida hacia ellas se ha profundizado en los últimos años: en 2010,
el incremento proporcional de homicidios de hombres fue de 27.84% pero el de
mujeres llegó a 88.54%. Entre 2003 y 2015, entre los engañosos decrementos
propiciados por la tregua entre pandillas entre 2012 y 2014, la tasa de homicidios
de mujeres habría pasado de 7.4 a 16.8 muertes de mujeres por cada 100 mil
habitantes (Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer [ISDEMU], 2010;
FUNDAUNGO, 2016; IUDOP, 2014).
Si las cifras de las muertes de mujeres se ven subestimadas, peor aún lo llevan
los motivos subyacentes a tales crímenes cuando parecen responder a sesgos
de género. El observatorio de violencia de género contra las mujeres de la
Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz (ORMUSA, 2015) sostiene que
las estadísticas ociales suelen registrar las muertes de mujeres como muertes
violentas u homicidios, no como feminicidios. Pero los contextos y los móviles
de muchos crímenes (i.e., ámbito doméstico, celos, abuso sexual, violencia
física sexualizada) revelarían que a la base existe misoginia. Según el Consejo
Centroamericano de Procuradores de Derechos Humanos (2006), el feminicidio
conforma una práctica extendida en Centroamérica, pero los problemas de
registro de los hechos o la dicultad para diferenciar entre un homicidio y un
feminicidio impiden dimensionar e intervenir adecuadamente en el problema.
Las muertes de mujeres como las personas de colectivos LGBTI constituyen el
tipo ideal de muertes que no importan en El Salvador: sucesos cuya cifra es
“normal” o que, de llegar a ser conocidas, no suelen ir más allá del informe que
no encuentra eco en la sociedad, la esporádica noticia marginal que describe
el hecho como un asesinato más, la protesta o el pronunciamiento por parte
de alguna organización de derechos humanos. Pero la situación es preocupante
en los últimos años. Diversas fuentes (Mellvile, Mostaza Escallon y Palmer,
2013; Mendizábal, 2012; Procuraduría para la defensa de los Derechos Humanos
[PDDH], 2014; Riaz y Butoi Varga, 2017), conrman aumentos desproporcionados
de crímenes de odio hacia personas LGBTI; discriminación generalizada por
parte de distintas instancias (salud, justicia, legislación, etc.); inoperancia de
las instituciones de seguridad y justicia
3
o violencia motivada por la identidad de
género de la víctima, incluyendo el asesinato con lujo de barbarie. En general, la
consideración de crímenes contra personas LGBTI o los crímenes sobre mujeres
por el hecho de serlo es nula o marginal en las encuestas e informes nacionales
y regionales sobre inseguridad, victimización y violencia criminal (IUDOP, 2009a;
2014; Observatorio de Seguridad Ciudadana, 2013; PNUD, 2009).
3. En 2010 se creó la Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia para las Mujeres en
la que se tipica el delito de feminicidio. Otra legislación relevante contra la discriminación o la
violencia contra la comunidad LGTBI y las mujeres aparece en Orellana (2017).
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El papel de la religión en el señalamiento y la discriminación que sufren a distintos
niveles tanto las mujeres como las personas LGBTI en esta dimensión misógino-
homofóbica debe ser resaltado. Es conocido el carácter profundamente religioso
y conservador de la sociedad salvadoreña como la funcionalidad ideológica de la
religión (IUDOP, 2009b; Martín-Baró, 1983, 1998). Constituiría un trasfondo cultural
fuertemente arraigado con base en el cual se manifestarían mucho de estas visiones
misógino-homofóbicas. Según el Pew Research Center (2014), en Latinoamérica
está aumentando la adhesión a posiciones religiosas pentecostales/evangélicas.
Es decir, a visiones religiosas más conservadoras y espiritualistas interesadas en
“la búsqueda de una conexión más personal con Dios” y en un “mayor énfasis en
la moralidad. El Salvador no sería la excepción pues en la actualidad un 40% de
la población total se adscribe ya a denominaciones evangélicas.
Pero ¿qué implica refrendar esta identidad religiosa? Entre otras cosas, según el
Pew Research Center (2014), que se cree más en sanaciones divinas, la ocurrencia
de milagros y en dar mayor centralidad a la religión en la vida. Para lo que nos
ocupa, la aliación a la religión pentecostal/evangélica conlleva además un mayor
rechazo a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo. Otras
exploraciones empíricas sobre las opiniones de evangélicos sobre los derechos
de personas homosexuales en Latinoamérica (Lodola & Corral, 2010; Marcano,
2013; Pew Research Center, 2013) han mostrado que La religión evangélica como
la centralidad de la religión en la vida constituyen predictores estadísticos del
rechazo al matrimonio entre personas del mismo sexo. Asimismo, que dicha
denominación religiosa es la que menos se muestra a favor de derechos políticos
o convivir con personas gay en la misma comunidad. Con casi la totalidad de los
salvadoreños declarándose como creyentes e igualmente unánimes en contra del
matrimonio entre personas del mismo sexo (IUDOP, 2009b), no extraña que el
país destaque como el más homofóbico de Latinoamérica en diferentes sondeos
internacionales (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales [FLACSO], 2010;
Pew Research Center, 2013)
4
.
Dimensión moralista-punitiva:
Esta dimensión refrenda el cliché acrítico que
estigmatiza a la juventud como violenta o como carente de valores” (Cruz,
2002; Martel, 2006; Samayoa, 2011). Por supuesto, esto es más cierto en relación
con los jóvenes de estratos obrero-marginales, sujeto social prototípico que
mayoritariamente engrosa las cifras de homicidios. Asimismo, la imagen rígida
del victimario joven y masculino refuerza la incapacidad de la sociedad, de
los informes y de los análisis de ocasión, para representarse a la mujer como
victimaria (ver UNDP, 2009). Cuando una mujer ejerce violencia, la sanción
social sobre ellas resulta ser más severa que la que recae sobre un hombre por
4. El discurso de grupos y de generadores de opinión con visiones conservadoras y homofóbicas
requeriría un estudio aparte. Son discursos usualmente alimentados por posiciones religiosas,
pseudocientícas y moralistas que tienden a reiterar el carácter anormal, pecaminoso, promiscuo o
patológico de los miembros de la comunidad LGBTI. A pesar de la aparente inexibilidad del discurso
homofóbico, una popular cadena de cable ofrece pornografía gay a demanda. Las contradicciones
del pensamiento autoritario parecen resultar coherentes con el libre mercado.
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112
considerarse patológica, porque se obvia el contexto de sentido de su ocurrencia
(e.g., violencia de pareja) o porque rompe la expectativa cultural hegemónica
sobre su rol de cuido y de entrega a los otros, noción que igualmente se ve
respaldadas por creencias religiosas bastante enraizadas (Åhäll, 2012; Carey
& Torres, 2010; Lagarde y de los os, 2011; Santacruz, 2017; Sjöberg, 2007).
Tales sesgos se perpetuarían en la sociedad y en particular en el abordaje de
las instituciones de seguridad y de justicia al enfrentar casos de violencia que
involucran a la mujer (ISDEMU, 2010; Mellvile et al., 2013).
Las pandillas ocupan un lugar destacado en esta dimensión moralista-punitiva.
Desde su emergencia en la escena social en los 90s, han pasado de ser una
juventud necesitada de oportunidades, a constituir estructuras criminales
complejas, brutales y entreveradas con el crimen organizado (Cruz, 2005; IUDOP,
2014; Santacruz y Concha-Eastman, 2001). Pero en este proceso perverso de
mutación hay que reconocer el decisivo papel que ha jugado el Estado y los
sucesivos gobiernos. Primero, los distintos gobiernos, han fallado por el olvido de
esta juventud marginada desde el n de la guerra. Luego, por instrumentalizar
políticamente su atemorizante gura, al menos durante el inicio del presente
siglo, primero con políticas represivas y después con pactos oscuros que buscaban
disminuir la violencia a como diera lugar para obtener réditos políticos. Según
Hume (2007), la implementación de medidas de mano dura habría debilitado
una ya débil democracia y constituiría una conrmación de la pervivencia de
tendencias autoritarias, ahora bajo formas de populismo punitivo
5
. Aparte de la
excepcional experiencia fallida de “tregua” que tuvo lugar entre 2012 y 2014, el
enfoque que prevalece es represivo, al punto que la situación actual se dene por
la remilitarización de la seguridad pública (IUDOP, 2014).
Los planes y las legislaciones de corte represivo pueden ser interpretados como
formas de institucionalizar disposiciones sociales latentes y un uso populista de
la punitividad. Las actitudes sociales pueden verse “capturadas” en cuerpos de
ley especícos en detrimento de ciertos grupos sociales haciendo que perduren
y se fortalezcan con el tiempo (Merolla y Zechmeister, 2009), dado que su
funcionalidad no cesa como no lo hace la amenaza que las alimenta. Es claro que
en la implementación y mantenimiento de medidas represivas, priva un enfoque
reduccionista que institucionaliza prácticas basada en la estigmatización,
el encierro y el aniquilamiento de jóvenes. El resultado acumulado para la
subjetividad social habría sido el enraizamiento aún más profundo de tendencias
punitivas como forma privilegiada para enfrentar las amenazas circundantes. La
5.Dando razón del espectro representacional descrito, la negligencia de la juventud marginada
como la represión característica de las medidas implementadas a lo largo de los años han probado
ser medidas que tan punitivas como cargadas de misoginia: se identica una ausencia de perspectiva
de género en las políticas implementadas (y en los estudios académicos también). Parece asumirse
que en las pandillas no se integran niñas ni mujeres, y por lo tanto, no existe preocupación por la
intensa victimización y la particular situación de vulnerabilidad asociada a su género que sufren al
interior de estos grupos (Santacruz, 2017; Santacruz y Ranum, 2010).
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funcionalidad social del posicionamiento de las pandillas y los jóvenes que las
integran en el imaginario social, ha sido la de personicar y darle rostro al miedo.
El señalamiento esencialista de enemigos públicos y la construcción de amenazas
visiblilizadas (Beck, 2006; Martel, 2006) cumple nalidades defensivas inmediatas
que pueden conducir a la estigmatización, al ostracismo, al reclamo por el
endurecimiento de penas o la implementación de medidas de fuerza extrema
(e.g., violación de derechos humanos, ejecuciones extrajudiciales).
El señalamiento de ciertos otros como amenaza consolidaría la punitividad como
valor social. Serviría para alejar la atención y la responsabilidad del resto de
ciudadanos comunes que, escudados en un imaginario de superioridad moral
(muchas veces nutrido de posiciones elitistas o religiosas) y sometidos de
manera persistente a un medio violento y criminógeno, igualmente suelen ser
responsables de la violencia que afecta al país. Así lo demuestran los llamados
crímenes de intolerancia” donde personas comunes atacan o matan a otras por
nimiedades como la disputa por un parqueo. Este es el tipo de perpetrador, real
o potencial, que interesa a propósito del autoritarismo en tanto proclividad para
odiar: el ciudadano común que cree que la razón y la moral están de su lado, que
cree justicado armarse o defenderse preventivamente, porque en un entorno
inestable e inseguro cualquiera constituye un adversario y puede llegar a cometer
crímenes de la buena gente(Del Águila, 2005, Felson, 2009). En los crímenes
de odio como en actos sistemáticos de daño a otros (e.g., maltrato, abuso sexual)
son las personas comunes –y hasta conocidas– las que suelen verse implicadas y no
necesariamente miembros de grupos radicales o personas trastornadas (Cheng,
2014; Gerstenfeld, 2013; ISDEMU, 2010; Zimbardo, 2007).
Las dimensiones del espectro revisadas (misoginia-homofobia y moralismo-
punitividad), sin ser las únicas, constituirían expresiones de la gestión psicosocial
que propicia el contexto violento de El Salvador contemporáneo. Las dimensiones
revisadas, partes de un continuum o espectro, mutuamente condicionadas e
intercambiables no serían autónomas entre sí pero tampoco neutrales. No son
neutrales porque responden a intereses históricos determinados y consolidan
representaciones ideológicamente cargadas que, al menos, se nutren de elitismo,
de sexismo y de moralismo religioso, entre otros aspectos. Se trata, en última
instancia, de expresiones fragmentadas de una estructuración psicosocial más
general: las actitudes autoritarias. Al hablar de actitudes autoritarias, siguiendo
la tradición académica en que este estudio se inscribe, se hace referencia al
autoritarismo de derechas. Según Heitmeyer (2003), un concepto sociológico
de extremismo de ala derecha implica dos aspectos generales: ideologías de
desigualdad y diferentes niveles de aceptación de la violencia (también Zick et
al., 2008). La construcción de la realidad propia de este tipo de posturas puede
llegar a proveer las justicaciones necesarias para señalar grupos especícos y,
quizá, hasta llegar a anular las inhibiciones que desencadenarían el uso de la
violencia contra ellos. De ahí que en este escrito, y considerando el complejo
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contexto salvadoreño y sus niveles de violencia, la existencia de este tipo de
actitudes pueda ser consideradas como un sustrato de animosidad, prejuicio y de
hostilidad, una base para la proclividad para el odio.
Fundamentación teórica de las actitudes autoritarias
El autoritarismo de derechas o Right Wing Authoritarianism (RWA) de Robert
“Bob” Altemeyer, se reconoce como una de las aproximaciones más aceptadas
para el estudio del autoritarismo como realidad subjetiva (Roccato y Converso,
1996; Stenner, 2005). En esta teoría, el adjetivo Right Wing connota la tendencia
a apoyar ciegamente a la autoridad vigente y a acatar lo que dice el orden
establecido. Pero, se supone, no necesariamente sitúa a la persona en términos
económicos o políticos como simpatizante de derecha (Rightwinger). La palabra
right tendría un signicado literal y prosaico, es decir, lo apropiado, lo correcto,
pues el individuo autoritario lo es porque se somete a autoridades tradicionales
(Altemeyer, 1996, 2003; 2006; Molero, 2007). Según Altemeyer (1996, 2006), el
RWA se reere a rasgos de personalidad cristalizados en una actitud que a su vez
se ve condicionada por la situación. La base teórica reconocida de la teoría del
RWA es el aprendizaje social. Es decir, la concepción de que el comportamiento
humano se origina en circunstancias sociales donde ocurren procesos de
socialización, modelaje, refuerzo y estructuración cognitiva (Altemeyer, 1996;
Bandura, 1999; Molero, 2007; Stenner, 2005). La teoría en cuestión, por tanto,
no concibe el autoritarismo como predisposición innata sino que como expresión
concreta, socialmente congurada y aprendida de intolerancia y de punitividad.
Según Duckitt (2001, 2003) dos patrones de socialización temprana serían
importantes para el aparecimiento del RWA. El primero opone prácticas de
socialización coercitivas a prácticas permisivas (cuestión ya identicada en
el estudio clásico de la personalidad autoritaria de Adorno, Frenkel-Brunswik,
Levinson & Sanford, 1967). El segundo patrón de socialización corresponde a
prácticas cargadas de afecto opuestas a relaciones emocionalmente indiferentes
hacia el infante. Estos patrones de socialización sugieren una hipotética cadena
causal que derivaría en autoritarismo: 1) los procesos de socialización favorecen
el aparecimiento de ciertas disposiciones de personalidad; 2) tales disposiciones
facilitan la aceptación de ciertas visiones de mundo; 3) ambos aspectos,
personalidad y visiones adoptadas, activan ciertas metas motivacionales; por
último, 4) estas motivaciones se expresan en actitudes o sistemas ideológicos
como el RWA. El RWA emergería a partir de la inuencia especial del primer
patrón de socialización descrito, el que opone prácticas punitivas contra
prácticas tolerantes
6
. Una socialización marcada por la coerción propendería
6. El segundo patrón de socialización apuntado, el que opone afecto y desafecto y en concreto la
inuencia del segundo polo (el desafecto), derivaría en un resultado distinto al RWA: la Orientación
de Dominancia Social (Social Dominance Orientation). Esta tendencia se reere a la búsqueda de
dominación y superioridad sobre otros (Sidanius y Pratto, 1999), no a la sumisión o la obediencia
como propone el RWA.
TEORÍA Y PRAXIS No. 32, Enero-Junio 2018
115
hacia personalidades conformistas que a su vez se ven atraídas por sociedades
convencionales e intolerantes hacia las desviaciones. Si el mundo es interpretado
prioritariamente como un lugar peligroso, las inclinaciones fundamentales
se decantan hacia la búsqueda de control y seguridad a través de actitudes
conservadoras, defensivas y cohesionadoras del endogrupo, o sea, actitudes
autoritarias. Una amplia evidencia empírica da razón a Duckitt sobre el modelo
propuesto (Duckitt, 2001, 2003; Duckitt y Fisher, 2003; Sibley, Wilson y Duckitt,
2007). Estamos entonces ante una actitud ideológica(Sibley et al., 2007) con un
fuerte carácter endogrupal y de corte defensivo ante lo que se interpreta como
un mundo particularmente amenazante.
Siguiendo la idea fuerza de la investigación seminal de los profesores de Berkeley
(Adorno et al., 1967), y rescatando los elementos que más coherencia guardaban
entre de la personalidad autoritaria, Altemeyer (1996, 2006) entiende el
autoritarismo como la covariación de lo que denomina tres conglomerados
actitudinales, a saber: a) Sumisión autoritaria (Authoritarian Submission),
b) Agresión autoritaria (Authoritarian Aggression) y c) Convencionalismo
(Conventionalism). Debe entenderse que se habla de una sola tendencia
evaluativa o actitud –el autoritarismo right, apropiado o de derechas- pero que
se estructura con lo que podríamos llamar subactitudes que corresponden con la
tridimensionalidad de la actitud mayor. A continuación se ahonda en cada uno de
dimensiones del RWA de Altemeyer.
a) Sumisión autoritaria (Authoritarian Submission). Es decir, la aceptación
voluntaria de los dictámenes y acciones de las autoridades establecidas o
consideradas como legítimas, a las que se considera se debe conanza, obediencia
y respeto. Tales “valores” son considerados virtudes que deben ser inculcados
en los niños y motivo de corrección si se apartan de los mismos. Esta sumisión
también conlleva proteccionismo para las autoridades, pues se tiende a restringir
el derecho a criticarlas: “por algo ostentan la posición que han alcanzado y
saben lo que hacen. La crítica a la autoridad es mal vista porque fragmenta y
desestabiliza. El proteccionismo que reciben las autoridades puede llegar a un
punto de fe ciega que justicaría incluso la violación de la ley o el encubrimiento
de las acciones de dichas autoridades, pues la sumisión se produce aún si aquellas
se comportan de forma deshonesta, corrupta o injusta.
Según Altemeyer (2003, 2006), de hecho, uno de los aspectos más llamativos de la
sumisión es la creencia en la autoridad precisamente cuando menos argumentos
existen para brindarle obediencia o respeto. Ocurre en el miembro del partido
político que apoya a su der a pesar de comprobársele la comisión de algún delito
o en el creyente que no mueve un ápice su fe o su conanza en la iglesia, a pesar
de la ocurrencia y el encubrimiento de casos masivos de abuso sexual infantil.
Las autoridades knows best y enfrentan crisis que los “ponen a prueba. Una
autoridad tiene poder real o simbólico (e.g., legal, moral o espiritual) y puede
El autoritarismo de derechas como sustrato psicosocial de odio
116
tratarse de una persona, un documento (e.g., la Constitución política, la Biblia),
alguna ley, un valor o una gura divina. Cualquier emblema de autoridad –una
cruz, una placa, una bandera– se considera digno de respeto y por encima de
aquellos que carecen de tales distintivos. La sumisión autoritaria connota un
“súperpatriotismo” por defender valores tradicionales nacionales.
b) Agresión autoritaria (Authoritarian Aggression). La agresión se entiende a partir
de la intencionalidad de producir un daño (Martín-Baró, 1983) y en un sentido
bastante amplio pues incluiría lesiones físicas, sufrimiento psicológico, pérdida
nanciera, aislamiento social u otro estado nocivo provocado a otros. La agresn
sería autoritaria cuando se acompaña de la creencia –aún más del hecho- de
que las autoridades consideradas legítimas la aprueban o su ejercicio contribui
a mantener esa autoridad en su posición. Puede interpretarse que se tiende a
realizar lecturas de la conducta humana a la usanza del “antiguo testamento.
Se aprueba el control sobre los demás por coacción así como el castigo físico en
la infancia. La clemencia del sistema de justicia y las reformas legales tienden
a vistas con recelo y como artilugios que incitan al criminal para que continúe
delinquiendo. Por supuesto, la agresión autoritaria conlleva favorabilidad hacia la
pena de muerte o el fortalecimiento de penas.
En esta dimensión cabe destacar la heterofobia, es decir, la tendencia a rechazar
la diferencia, a recelar y a denigrar a quienes se desvían de la “norma(Heitmeyer,
2003; Stenner, 2005). Por supuesto, destacan como blancos más probables de
esta aversión a la alteridad los grupos no convencionales (minorías religiosas,
agrupaciones políticas, personas LGBTI). La evidencia empírica existente sobre el
RWA relaciona estas actitudes con una amplia gama de fenómenos intergrupales
políticos, sociales e ideológicos, como los prejuicios, la intolerancia y diferentes
formas de chauvinismo (Duckitt, 2003). Es importante especicar que cualquiera
puede llegar a ser víctima de esta agresión. Cierta evidencia muestra, de
hecho, una inclinación por la victimización de grupos sociales extremadamente
vulnerables, indefensos y por tanto convencionales en sumo grado, como los
niños, las niñas y las mujeres (ver Altemeyer, 2006).
c) Convencionalismo (Conventionalism). Se puede entender como una fuerte
aceptación y compromiso con las normas sociales tradicionales. Conllevaría la
suposición de que todos deberían seguir aquello decretado por la autoridad
(Altemeyer, 2003, 2006). Como factor importante destaca la religión: se cree en
“la ley” de Dios y los conictos sociales son interpretados como faltas a la misma.
El individuo convencional tiende hacia el fundamentalismo, el deseo de mantener
las creencias y los servicios religiosos en sus formas tradicionales y, en general, se
mostraría resistente a todo lo que sugiera cambio o reforma. La idea de que las
personas por sí mismas puedan desarrollar sus propias convicciones sobre lo que
es moral e inmoral se desdeña. La sexualidad fuera del matrimonio se considera
un “pecado” pero, incluso al interior del matrimonio, algunos comportamientos
TEORÍA Y PRAXIS No. 32, Enero-Junio 2018
117
pueden ser reprochados. La familia ideal sería la que responda a una conguración
nuclear heterosexual, lo que tácitamente refuerza los roles tradicionales de
género en los que la mujer -y los hijos- debe supeditarse al esposo, quien suele
–debe- ser proveedor y “cabeza de la familia. Esto quiere decir que las mujeres
deben observar con más corrección su sexualidad, su apariencia y su “decencia;
toda trasgresión a las normas siempre será considerada más grave en la mujer
que en el hombre.
El convencionalismo se identica también en la veneración y de manda de
respeto de símbolos patrios, las buenas costumbres, la tradición y el linaje. La
tradición equivale a un imperativo social. Ineludiblemente, la homosexualidad
es considerada “pecaminosa” y como una perversión. El convencionalismo vería
las costumbres sociales como universales, como no arbitrarias ni opcionales. Con
respecto a este elemento vale la pena matizar que “norma” signica aquí lo que
debe hacerse y no necesariamente lo que se hace. Lo que se pregona constituye
un deber ser, una apariencia acorde con las tradiciones más rancias. Por otra
parte, aunque el cambio en las normas es posible, en general, se aprueban
reformas que las endurezcan no que las modiquen (Altemeyer, 1996).
La caracterización de la persona autoritaria no se agota aquí. Los estudios a
lo largo de los años han evidenciado llamativas peculiaridades del pensamiento
autoritario (Adorno et al., 1967; Duckitt, 2003; Scheepers, Felling y Peters, 1992;
Stenner, 2005). El cotede la escala de medición del RWA con otras muchas
escalas de medición —evaluación crítica de pensamiento, actitudes hacia la justicia
social, evaluación inferencial, evaluación de evidencia, y un largo etcétera—, ha
arrojado información consistente acerca de las tendencias de pensamiento de
la persona autoritaria (Altemeyer, 1996, 1998, 2006). Algunas de éstas son las
inferencias arbitrarias, el pensamiento contradictorio, la propensión a interpretar
como más serios los problemas o el sustento de dobles estándares morales. Estas
y otras tendencias de pensamiento, en conjunto, explicarían la presencia en
distinto grado de aspectos como la estereotipia y el prejuicio (Duckitt, 2003;
Marques, Paéz & Abrams, 1998), la rigidez de pensamiento y el recurso a una
economía de la obediencia o la creencia en la supremacía moral, en buena
medida apoyada en la religión y su noción de pecado (Altemeyer, 1998, 2006).
También incurrirían en malabarismos cognitivos que, en búsqueda de consistencia
cognitiva, evidencian agrantes contradicciones como aducir respeto por los
mandamientos (“no matarás”) o “la vida” mientras se apoya la pena de muerte o
el ataque a minorías (Altemeyer, 1996; Manheim, 1983).
De esta rápida caracterización del tipo ideal autoritario, destacan dos aspectos
importantes de cara al contexto salvadoreño. En primer lugar, cabe reiterar
uno de los aspectos nucleares del fenómeno del autoritarismo: el papel de la
amenaza. En la historia de los estudios sobre el autoritarismo sobresale como
hipótesis esencial que el detonante o modulador de la personalidad o de las
El autoritarismo de derechas como sustrato psicosocial de odio
118
actitudes antidemocráticas es alguna forma de amenaza: el desarraigo del mundo,
ansiedad existencial, una crianza coercitiva, el mundo peligroso debido a “gente
mala” que amenaza la decencia y las buenas costumbres, la inseguridad debido a
la violencia y el crimen, la ruptura del consenso y la uniformidad social y hasta la
amenaza del terrorismo (Duckitt, 2003; Feldman y Stenner, 1997; Stenner, 2005;
Sibley et al., 2007; Merolla y Zechmeister, 2009).
La amenaza percibida constituye un importante predictor de la tendencia a
excluir a otros y de intolerancia. Conlleva una evaluación que achaca al exogrupo
la responsabilidad por impedir que el endogrupo alcance sus metas, lo cual
puede justicar ataques a los miembros del primero. La amenaza puede ser
tangible o simbólica en tanto que la lectura de peligro puede originarse por el
menoscabo real o atribuido de un bien material (e.g., patrimonio) o de otro más
abstracto (e.g., identidad) (Canetti, Halperin, Hobfoll, Shapira & Hirsch-Hoeer,
2009). La situación de amenaza puede interactuar con disposiciones autoritarias
(personalidad) para producir actitudes autoritarias o instigarlas directamente
(Cohrs, Kielman, Maes & Moeschner, 2005; Stenner, 2005). Existe evidencia que de
igual forma relaciona el RWA con la comisión de crímenes de odio, pero mediados
por la posibilidad de morir, como ocurre en contextos peligrosos (Cheng, 2014;
Weise, Arciszewski, Verlhiac, Pyszczynski & Greenberg, 2012).
En segundo lugar, es importante resaltar que las tendencias de pensamiento
autoritario mencionadas —inferencias arbitrarias y demás— quizá se vinculan con
la recurrente presencia del factor educativo en la manifestación del autoritarismo.
En general, aquellas personas con menos educación suelen obtener puntajes más
altos o manifestar orientaciones autoritarias más pronunciadas. Contar con menor
cantidad y peor calidad de educación podría tener implicaciones importantes: baja
sosticación mental, pobre exposición a y manejo de conocimientos, realidades y
perspectivas diferentes, menor intercambio con personas “extrañas, entre otras
posibilidades. Distintos estudios muestran que el bajo nivel educativo se encuentra
sistemáticamente vinculado con orientaciones de corte autoritario (Buchanan,
DeAngelo, Ma y Taylor, 2012; Córdova, Cruz y Zeichmeister, 2015; Cruz, 1999;
Marcano, 2013; Seligson, Cruz y Córdova, 2000). A partir del trabajo de Brandt &
Crawford (2016) se puede hipotetizar que el autoritarismo identicable en países
como El Salvador sería, sobre todo, aquel que replica tendencias prejuiciosas que
vinculan baja habilidad cognitiva, sensibilidad a las amenazas y una respuesta
conservadora (o distintiva de ala derecha) dirigida a grupos etiquetados como no
convencionales (e.g., personas ateas, comunidad LGBTI).
TEORÍA Y PRAXIS No. 32, Enero-Junio 2018
119
La exploración empírica de las actitudes autoritarias: resultados principales
de la escala salvadoreña de autoritarismo de derechas (SRWA).
La exploración de la cultura política democrática o la opinión pública a lo largo
de los años, más que el desarrollo de esfuerzos sistemáticos especícos, es lo que
ha permitido encontrar indicios claros de actitudes autoritarias en la sociedad
salvadoreña: La creencia de que los derechos humanos sirven para proteger
a los delincuentes (IUDOP, 1998); el rechazo abierto a convivir con personas
homosexuales o a que la mujer gane más dinero que su esposo (Cruz, 2002;
IUDOP, 1999a); el anhelo de ley y orden, la pena de muerte y medidas de mano
dura (Cruz, 1999); la aprobación de limpiezas sociales o el encarcelamiento de
niños de la calle, así como la masiva prevalencia y alcance intergeneracional
del castigo físico en la infancia como forma de crianza (IUDOP, 1999b; Speizer,
Goodwin, Samandari, Kim y Clyde, 2008); el incremento de la intolerancia política
que viene manifestándose al menos desde 2004 al punto que las opiniones de casi
siete de cada diez salvadoreños se ubica en categorías de baja tolerancia política
(Córdova et al., 2015); recientemente se encuentra que un 40% de la población
concuerda con la tortura de delincuentes para lograr información valiosa y algo
más de un tercio con que se lleven a cabo ejecuciones extrajudicial de pandilleros
o de delincuentes (Cruz, Aguilar & Vorobyeva, 2017).
Tres aspectos cabe subrayar: primero, el estudio del autoritarismo suele darse a
propósito de otras investigaciones, especialmente encuestas. La exploración de
aspectos de la cultura política y de la calidad de la democracia salvadoreña, y las
encuestas de opinión pública y de victimización por su foco en las preocupaciones
ciudadanas, han servido como perspectiva –esencialmente métrica– para
identicar indicios del fenómeno. Su tratamiento conceptual recurre a nociones
sobre autoritarismo –en algunos casos se menciona el trabajo de Altemeyer, por
ejemplo pero no se puede decir que se ha buscado guardar real delidad o
validar un cuerpo conceptual unicado que corresponda con claridad con tales
expresión antidemocrática. Segundo, los estudios muestran que diferentes
factores que remiten a la situación sociomaterial de las personas –el bajo nivel
educativo o una situación económica precaria– son determinantes en la anidad
con el autoritarismo. Existe suciente evidencia empírica, especialmente en
Latinoamérica, que muestra que la preocupación por la situación económica
llega a operar de forma similar a como lo hacen las amenazas como la violencia
y el terrorismo para activar predisposiciones autoritarias, preferir gobiernos
autoritarios, rechazar el apoyo de derechos de minorías y hasta la comisión
de crímenes de odio (Buchanan et al. 2012; Latinobarómtero, 2008; Merolla
y Zechmeister, 2009; Orces, 2010; Ryan y Leeson, 2011). Finalmente, sea que
el autoritarismo se aborde de manera directa, indirecta o a través de indicios
antidemocráticos propios de la cultura política, el lector fácilmente podrá
adscribir algunos de los resultados de estas encuestas a alguna de las dimensiones
del espectro representacional autoritario expuesto previamente (misoginia-
El autoritarismo de derechas como sustrato psicosocial de odio
120
homofobia-moralismo-punitividad). Sin importar la perspectiva del estudio de
ocasión, el autoritarismo permea las opiniones de los salvadoreños entre las grietas
que deja la democracia real, la subjetividad sociopolítica y sus contradicciones y
un contexto que incita a la defensividad, la intolerancia y al contrataque.
Aspectos metodológicos generales
Los datos del presente estudio fueron obtenidos en 2010. Se contó con una
muestra representativa de los habitantes urbanos del Área Metropolitana de San
Salvador (AMSS)
7
. La muestra total fue de 421 personas mayores de 15 años (M=
39.2 años, DE= 17.2), de distintos estratos sociales y condición social, con una
proporción de hombres (44.2%) y de mujeres (55.8%) acorde con los parámetros
poblacionales disponibles. La muestra fue diseñada para captar la mayor diversidad
social posible en uno de los municipios del país socialmente más heterogéneos,
más densamente poblados y donde, hasta ahora, se presentan altos niveles de
violencia, miedo y criminalidad en el país.
Se construyó una encuesta compuesta por un total de 117 preguntas. En ella,
además de la escala de autoritarismo, fueron incluidas otras preguntas y
otras escalas (información sociodemográca, evaluación de la situación del
país, indicadores de inseguridad y victimización, escalas de prejuicio hacia los
delincuentes, anomia, escalas de disposición o personalidad autoritaria, conanza
hacia las instituciones, entre otras). La escala de autoritarismo fue dividida por
dimensiones para evitar tedio, aquiescencia o cualquier forma de reactividad por
parte del entrevistado. La participación voluntaria, el consentimiento informado
y el anonimato fueron garantizados.
La escala SRWA ha sido identicada así –como Escala de Autoritarismo de derechas
o Salvadorian Right-Wing Authoritarianism Scale- para emplear la terminología
usual en el manejo de escalas, para diferenciarla de las variantes existentes de
la escala RWA de Altemeyer y porque cuenta con características particulares
que justican hablar de una escala nueva y distintiva. Sus antecedentes y sus
fundamentos teóricos y metodológicos pormenorizados pueden ser encontrados
en Orellana (2017) y en Orellana (en prensa). La escala consta de 22 ítems y
presenta una estructura de respuesta en formato Likert de cinco opciones de
respuesta que oscilan entre el máximo acuerdo (4) y el máximo desacuerdo (0)
con cada una de las armaciones presentadas. En la medida en que se obtiene
un puntaje alto esto indicaría que quien contesta exhibe actitudes de corte
autoritario. Un puntaje bajo tiende hacia el libertarismo. El coeciente Alfa
de Cronbach de la escala general SRWA fue de .83., lo que denota una buena
consistencia interna. Un análisis factorial conrmatorio realizado a través del
7. En IUDOP (2002) se aprecian pormenores del procedimiento de muestreo seguido. Este documento
expone los pormenores del muestreo y el trabajo de campo así como los resultados descriptivos del
estudio de Orellana y Santacruz (2003).
TEORÍA Y PRAXIS No. 32, Enero-Junio 2018
121
método de componentes principales y rotación varimax raticó la existencia de
los tres factores teóricos del RWA de Altemeyer (validez de constructo) y en
conjunto explicaron el 40.55% de la varianza de los resultados. En la tabla 1
se exponen los ítems de la SRWA ordenados según la proporción de varianza
explicada por cada factor y sus respectivos coecientes alfa alcanzados.
Resultados destacados
Los puntajes de todas las escalas incluidas en la encuesta fueron convertidos a
una escala de puntajes de 0-10 para facilitar su interpretación. Los promedios
obtenidos en las subescalas y en la escala general de autoritarismo, considerando
que un puntaje posible de 10 puntos indicaría el mayor nivel de autoritarismo,
fueron los siguientes: la escala de Sumisión autoritaria alcanzó un promedio de
5.5 (DE = 1.22), el promedio de la escala de Agresión autoritaria fue de 4.9 puntos
(DE = 2.9) y la escala de Convencionalismo obtuvo un promedio de 6.9 puntos (DE
= 2.1), la media más alta de las tres dimensiones que conforman las actitudes
El autoritarismo de derechas como sustrato psicosocial de odio
122
autoritarias. Por su lado, la escala general de autoritarismo alcanzó un promedio
de 6.3 puntos (DE = 1.7). En la tabla 2 se aprecian promedios de la escala SRWA
atendiendo a variables sociodemográcas incluidas en la encuesta.
Tabla 2. Promedios y desviaciones de la escala SRWA según
variables sociodemográcas.
Entre las variables demográcas incluidas en la tabla 2 se aprecian promedios
bastante uniformes de SRWA. No obstante, análisis bivariados constatan la
existencia de diferencias signicativas entre las medias de las variables nivel
educativo, estrato social y ocupación. Quiere decir que los promedios de actitudes
autoritarias son mayores en quienes cuentan con menores niveles educativos,
quienes pertenecen a estratos sociales bajos y quienes al momento de la pesquisa
no se encontraban trabajando o estudiando (e.g., desempleados, dedicados a
ocios del hogar).
TEORÍA Y PRAXIS No. 32, Enero-Junio 2018
123
Con el n de ilustrar el vínculo que existe entre el autoritarismo y la gestión de
amenazas, la tabla 3 muestra correlaciones entre el SRWA y variables propias
de inseguridad ciudadana. Quiere decir que las orientaciones antidemocráticas
aparecen en la medida en que se percibe el agravamiento de la delincuencia,
conforme se cree que las leyes existentes no logran atajarla, si ha habido
exposición a consecuencias y actores violentos (i.e., muerte y pandillas) y en la
medida en que se han tomado o se aspira a tomar medidas defensivas contra la
situación que se considera peligrosa.
Tabla 3. Correlaciones entre la escala SRWA y variables de
inseguridad ciudadana
Finalmente, se elaboró un modelo de regresión para la escala SRWA en el que
fueron incluidas diferentes variables consideradas en la encuesta administrada
(variables sociodemográcas, de inseguridad ciudadana, etc.). Los resultados del
análisis de regresión se muestran en la tabla 4. El perl estadístico predictor de
las actitudes autoritarias medidas a través de la SRWA responde a un modelo de
siete variables: la experiencia de anomia, la disposición autoritaria, el prejuicio
hacia los delincuentes, la baja escolaridad, la posesión o el deseo de contar con
un arma de fuego, creer que las leyes contra el crimen son suaves y la ideología
de derecha.
El autoritarismo de derechas como sustrato psicosocial de odio
124
Tabla 4. Modelo de regresión lineal múltiple para la escala SRWA
De la tabla 4, primero, cabe destacar la importante proporción de varianza que
logra la escala SRWA: 45% de la varianza de los resultados responde al inujo de
siete factores incluidos en el modelo de la SRWA. El primer factor, la anomia,
fue medida a través de un constructo creado (α = .71) a partir de la fusión de las
conocidas escalas de Srole (1956; también Seeman, 1991) y de McClosky y Schaar
(1965). La escala de anomia remite a la percepción de que el mundo y uno mismo
se encuentran a la deriva, desorientados, faltos de reglas claras y de asideros
normativos o relacionales conables. Ofrece indicios de dicultades para hacer
inteligible el mundo, de retraimiento social y de pesimismo.
El prejuicio hacia los delincuentes quizá constituye uno de los indicios más claros
que por ahora se pueden ofrecer acerca del moralismo y la punitividad propia
del espectro representacional autoritario. La escala de prejuicio construida
(α = .43) mide prejuicio maniesto y prejuicio sutil (Allport, 1971). Es decir,
respectivamente, desprecio abierto por motivos patologizantes (locura) o
biológicos (genética) o debido a una supuesta superioridad moral (valores religiosos
o formas de educación). Es decir, los enunciados conllevan el supuesto implícito de
que los delincuentes son considerados como individuos diferentes, defectuosos,
malos, mientras que los “ciudadanos buenos y honrados” se constituyen en
otros” naturalmente mejores, con valores superiores, cuando en realidad en
una sociedad violenta y donde las normas son vulneradas constantemente y de
manera generalizada, tales fronteras pueden ser, además de difusas o falsas, el
fruto de lecturas autocomplacientes. Finalmente, la disposición autoritaria se
reere al autoritarismo en cuanto rasgo de personalidad. Se ha registrado a partir
de la aproximación de Feldman y Stenner (1997) y Stenner (2005) según la cual
los valores de crianza exploran de forma no invasiva disposiciones elementales
autoritarias. La disposición autoritaria se conrma en la medida en que se
concuerda con los ítems de una escala (α = .58) cuyos ítems establecen que
la crianza de niños debe responder a valores conformistas (respeto a mayores,
obediencia, buenos modales) en lugar de valores libertarios (independencia,
autoconanza, curiosidad).
TEORÍA Y PRAXIS No. 32, Enero-Junio 2018
125
En segundo lugar, el resto de factores incluidos en el modelo de regresión destacan
desde un punto de vista teórico. La disposición autoritaria, la baja escolaridad y
la ideología de derecha constituyen expresiones de sumisión y convencionalismo
así como contar o querer un arma de fuego y creer que las leyes contra el
crimen son muy blandas remiten a un perl defensivo, punitivo y “asustado.
Cabe mencionar que si del modelo se extraen las variables psicosociales de peso
(anomia, inseguridad ciudadana, disposición autoritaria, etc.) emerge como
factor preponderante la baja escolaridad, como ocurre en las encuestas de
cultura potica.
Conclusión
Dice el lósofo español, Santiago Alba, que si vuelven los “nazis” lo harán
camuados en su propia metáfora. Esto signica que tendemos a olvidar
que el horror imposible y extremo del nazismo –su metáfora– fortalece una
autocomplaciente incredulidad de lo que constituye su presencia fáctica
contemporánea. Pero sería precisamente a través de la trivialización cotidiana o
de la negación social de su existencia que “el nazismo” aparecería nuevamente
frente a nuestros ojos. No se llamarán como se llamaban, no usarán los símbolos
que ostentaban, no parecerán lo que parecían. A veces sí y serán vitoreados.
No necesitarán pertenecer a grupos neonazis o de corte supremacista. Serán
empresas multinacionales que condicionan las decisiones de los gobiernos, serán
políticos con programas nacionalistas. Así lo atestigua el consenso neoliberal y
su avasallamiento de soberanías nacionales, derechos y biograas, la erosión de
libertades desde el 9/11 y la interminable guerra contra el terror”. El auge en
Europa de la xenofobia institucionalizada en la arena política o la que emerge
ahí donde existe una constante migración irregular. La escalada internacional
de islamofobia aparejada al terrorismo yihadista o el peligro del espionaje
encubierto y la invasión de la privacidad que exacerban y avizoran los avances
de la tecnología digital. Y serán, por supuesto, personas comunes y corrientes,
ciudadanos “buenos y honrados, supuestos demócratas que, escudados en la
retórica de su temor, sus prejuicios, su religión o una mezcla de todas estas
razones” e “ideales” quienes harán suyas orientaciones autoritarias en medio
de las devaluadas democracias o las peligrosas sociedades que habitan. En otras
palabras, lo que se impone escudriñar en la actualidad en busca de autoritarismo
es la vida cotidiana, la persona común y sus aritméticas psicosociales. También
el normal andamiaje social, institucional y legal que permite su abierta o sutil
reproducción al interior de nuestras sociedades.
A propósito de la normal conguración social en relación a la proclividad para odiar,
hay que destacar el papel del Estado, de los distintos gobiernos y, en particular,
de las leyes vigentes. Las leyes y medidas implementadas para contrarrestar la
violencia o la discriminación contra personas LGBTI destacan por ser escasas,
El autoritarismo de derechas como sustrato psicosocial de odio
126
insucientes y sobre todo, por asumir implícitamente que la legalidad que asiste
a las personas heterosexuales es suciente o que no hace falta promulgar leyes
que contrarresten la discriminación en sus distintas formas. Las leyes y medidas
punitivas han probado ser inútiles y sobre todo contraproducentes al empeorar la
situación de violencia, y especialmente por contribuir a sosticar el accionar de
las pandillas. La ausencia, la insuciencia o las deciencias de las leyes y medidas
existentes en El Salvador contra la discriminación, o aquellas diseñadas para
combatir la violencia y la delincuencia, encontrarían mucho de su fundamento
sociocultural y político en el espectro representacional autoritario revisado. Al
mismo habría que agregar enormes dosis de negligencia, ignorancia e indiferencia
social y política, como han comprobado con claridad las políticas de mano dura. Aun
asumiendo que las leyes en el país fueran sucientes y adecuadas, debe reiterarse
que en este país, conrmando el profundo carácter anómico de su realidad, lo
usual y lo esperable es la trasgresión o la inaplicabilidad de las leyes existentes.
Estas reexiones conrman la existencia de disposiciones de ciudadanos comunes
y corrientes que precisamente deben ser contrarrestadas con el concurso del
Estado de derecho y la educación. El civismo, la tolerancia y el respeto a los
derechos humanos del otro, del diferente, no ocurren automáticamente y menos
en un contexto tan conservador, crédulo y necesitado de chivos expiatorios para
calmar sus miedos cotidianos.
En nuestros contextos abundan más las preguntas que las respuestas. Por eso
este trabajo inició con reexiones y análisis, en una palabra, con hipótesis,
con tareas por hacer. El paso siguiente debería ser profundizar y corroborar
empíricamente la existencia del espectro representacional autoritario que ha
sido esbozado: si éste es real, y se encontrara que las actitudes autoritarias
modulan o se relacionan con sus manifestaciones concretas (misoginia, homofobia,
moralismo y punitividad), se podría corroborar que el RWA realmente constituye
una proclividad para odiar o lo que es lo mismo, que el odio se cristaliza en un
punto de llegada posible del RWA. De inquietudes similares surgió la escala SRWA.
Tanto sus características métricas, las conrmaciones teóricas que subyacen a su
estructura como las relaciones teórico-empíricas que ofrece son prometedoras.
Por ello convendría “subirse a hombros de gigantes” y seguir trayectorias que han
permitido robustecer la tradición de estudio del autoritarismo pero ahora con
realidades como la salvadoreña de trasfondo: explorar su vinculación con otros
constructos como el etnocentrismo, formas varias de prejuicio, maquiavelismo,
dominancia social o rasgos de personalidad (e.g., the Big Five), entre otros.
Contrastes con otras escalas sobre autoritarismo también (e.g. la Escala F), lo
que incluye alguna versión de la escala original RWA de Altemeyer. El mismo afán
de profundización metodológica lleva a considerar que debe ser considerado el
empleo de aproximaciones cualitativas o metodologías mixtas. Los análisis del
discurso social sobre el que se erigen justicaciones que sostienen narrativas
de odio, de corte autoritario u homofóbicas es una tarea pendiente en nuestro
contexto. En El Salvador mucho, quizá todo, está por ser realizado.
TEORÍA Y PRAXIS No. 32, Enero-Junio 2018
127
Como ha sido mostrado en este trabajo, la anomia se conrma como uno de
los predictores estadísticos fundamentales del SRWA. Este puede ser un indicio
importante a considerar en investigaciones que siempre han buscado en
indicadores de inseguridad los disparadores principales de actitudes autoritarias,
intolerantes o antidemocráticas. ¿Qué explicaría el peso superior de la anomia
sobre la inseguridad ciudadana en la instigación del SRWA? Es probable que este
efecto diferencial se deba a que la inseguridad remite a –o se mide como- una
amenaza esencialmente personal e imaginable, y como tal, suciente para evocar
actitudes autoritarias. Pero la experiencia de anomia golpea la percepción de
homogeneidad y de uniformidad cotidiana, lo que abre las puertas a lecturas
de quiebra de valores, del estatus quo, la desconanza hacia los líderes o la
alienación respecto a los otros debido a la dilución de fronteras entre conocidos
y desconocidos.
Todo esto no descarta la presencia de la percepción de amenazas a la vida
(inseguridad y anomia correlacionan entre : r = .15, p<.01), sino que añade
impredictibilidad e incertidumbre respecto al entorno y hacia los otros. La sumisión
a otros legitimados en posiciones de poder, la punitividad y el aferramiento a
visiones convencionales contrarrestarían este tipo de estados. Recordemos
que, con Duckitt (2001, 2003), se parte del presupuesto de la existencia de
conguraciones sociales coercitivas, conformistas, convencionales, sensibles a la
diferencia y, por ello, que recrean visiones del mundo como un lugar peligroso.
El mundo como un lugar peligroso puede ser un lugar violento, , pero también
y quizá aún más de fondo, un lugar anómico. La anomia constituye una realidad
objetiva y subjetiva que muy poca atención ha recibido en Latinoamérica. No
sería la ausencia de leyes lo que mejor explicaría la comisión de crímenes de
odio contra mujeres o personas LGBTI, sino su inecaz aplicación o la vulneración
constante de las leyes vigentes.
Si el peso explicativo de la anomia puede calicarse como sorpresivo y el del
prejuicio hacia los delincuentes esperable, ¿qué se puede decir de la disposición
autoritaria? Su presencia masiva podría llevar apresuradamente a concluir que
existen indicios de personalidad autoritaria en la población salvadoreña: en
promedio ocho de cada diez salvadoreños del AMSS se decantan por valores de
crianza infantil autoritarios en lugar de valores libertarios. Aunque la personalidad
autoritaria no puede ser descartada, Stenner (2005), nos ofrece la clave para
resolver esta “invasión” o epidemia autoritaria. Según la autora, el autoritarismo
en tanto disposición, constituye el determinante más importante de intolerancia
entre más “aberrante” sea ésta en un contexto determinado. Pero donde la
circunstancia y la cultura ofrecen elementos signicativos de intolerancia o de
actitudes autoritarias, las explicaciones psicologistas deben pasar a segundo
plano. La presencia y el peso de la disposición autoritaria ofrecen indicios de la
visión de mundo del salvadoreño promedio. Pero que en el modelo de regresión
sea la experiencia de anomia lo que más explica el autoritarismo, debe conducir
el análisis hacia la circunstancia social antes que a buscar reduccionistas e
inescrutables condiciones intrapsíquicas.
El autoritarismo de derechas como sustrato psicosocial de odio
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