
TEORÍA Y PRAXIS No. 39, julio-diciembre 2021
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coloniales al principal rubro de exportación centroamericano y su dependencia
de los comerciantes monopolistas de la ciudad de Guatemala, adueñados de las
liberales, pequeños comerciantes y otros exponentes de las capas medias criollas,
los hacendados salvadoreños habían protagonizado las principales protestas y
conspiraciones anteriores a la coyuntura de los años veinte.
Sin embargo, estos sectores contestatarios, nucleados en El Salvador, estaban
aislados y no consiguieron alterar la desfavorable correlación de fuerzas, ni hacer
avanzar la lucha por la independencia, hasta que la rancia aristocracia señorial
de la provincia capital decidió actuar por su cuenta y seguir el ejemplo de la
elite novohispana. La dirección del proceso quedó en manos de los potentados
guatemaltecos, encabezados por el marqués Mariano de Aycinena, aliado de las
autoridades españolas y del Capitán General español Gabino Gainza. En medio
de manifestaciones callejeras que exigían la independencia, alentadas por el
ala liberal criolla, liderada por el cura José Matías Delgado y el teniente de
milicias José Francisco Barrundia, el cabildo capitalino no tuvo otra disyuntiva
que aprobar, el 15 de septiembre de 1821, la separación de España.
El acta de independencia, redactada por el intelectual hondureño José Cecilio
del Valle, reconocía que, “oído el clamor a viva la Independencia que repetía de
continuo el pueblo que se veía reunido en las calles, Plaza, Patio, corredores y
Antesala de este Palacio”, se optaba por la ruptura con España «para prevenir»,
según indicaba el documento, «las consecuencias que serían temibles en el
caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo».
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Para acorralar a los
exaltados republicanos de El Salvador y Honduras, cobró fuerza la idea de anexar
la Capitanía al recién fundado Imperio Mexicano, pues la colonia carecía de un
ejército propio que pudiera defender el estatus quo.
Por ese motivo, el 5 de enero del año siguiente, Gainza, en su nueva condición
de Jefe Político Supremo de las Provincias del Centro de América, aceptó el Plan
de Iguala y el Tratado de Córdoba, disolvió la junta constituida en la capital y
solicitó a Iturbide la ocupación militar del istmo. Casi todos los núcleos elitistas
centroamericanos respaldaron en principio el plan anexionista: consideraban al
sistema monárquico la mejor garantía a sus intereses. En Nicaragua, el propio
obispo Nicolás García Jerez se adelantó a los acontecimientos y, el 13 de octubre
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Lo mismo hizo el ayuntamiento de Quezaltenango el 15 de noviembre.
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La anexión a México, de acentuada inspiración conservadora, coincidió con las
propias ambiciones de Iturbide. El gobernante del recién creado régimen imperial
mexicano comunicó a Gainza que una división de su Ejército Trigarante marchaba
Citado por Roque Dalton: El Salvador (monografía), La Habana, Enciclopedia Popular, 1965, p. 58. Véase también Roberto Díaz Cas-
tillo: “Proclamación de la independencia de Centroamérica: necesidad de un estudio sistemático sobre la contienda ideológica de
los años 1821-1823”, en Política y Sociedad, Guatemala, Universidad de San Carlos de Guatemala, 29 de noviembre de 1969, p. 44.
Revista de
Historia, Instituto de Historia de Nicaragua, febrero-junio de 1990, n. 1, p. 69.
Guatemala, Magna Terra editores, 1999, p. 80.