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TEORÍA Y PRAXIS No. 35, Julio-Diciembre 2019
los que las teologías se hagan cargo prioritariamente de la realidad’ (Sobrino:
2007), no de las doctrinas, de la universalidad de las verdades o de las iglesias.
Y esa realidad -de la que tendría que hacerse cargo el quehacer teológico- se
caracteriza por la diversidad y la conictividad.
La diversidad (de creencias, géneros, culturas y formas de aprender) es un
elemento constitutivo del contexto en que se desarrollan los procesos de
formación teológica. Las culturas, creencias, espiritualidades y estilos de
vida, son también los interlocutores de las teologías. En diálogo con ellas,
las teologías se ven desaadas a repensar sus lenguajes, sus categorías, sus
metodologías, sus nes, sus interlocuciones: ¿Para qué hacer teología hoy?
¿Al servicio de quiénes o de qué debe estar? ¿Cómo se construye el pensar
teológico? ¿Qué postura tomar frente a la diversidad de tradiciones epistémicas,
teológicas, pedagógicas, religiosas? ¿Podemos seguir defendiendo la validez
universal de las verdades construidas por las teologías? ¿Somos conscientes del
carácter contextual e histórico de los saberes que circulan en la academia?
¿Qué disposición asumimos frente a la diversidad real de visiones del mundo
expresada en múltiples discursos y prácticas religiosas?
2.- DIÁLOGO DE CULTURAS: RENUNCIAS, DESARMES Y OPCIONES
El proyecto de transformación intercultural de la losofía (y de la teología),
tal y como lo ha venido presentando Raúl Fornet Betancourt, sugiere algunas
‘renuncias’ que pueden contribuir a la promoción de teologías que no tengan
que esconderse: renuncia a convertir las tradiciones que llamamos propias
en un itinerario escrupulosamente establecido e inamovible; a ensanchar las
‘zonas de inuencia’ de las culturas; a decantar identidades delimitando entre
lo propio y lo ajeno, y dicultando así el encuentro, el diálogo y la mutua
interpelación; a colocar lo que cada cultura llama propio en un centro
estático; a fabricar sincretismos a partir de las diferencias sobre la base de
un fondo común estable; a la teleología de la unidad, en la que se disipan las
diferencias; a sacralizar los orígenes de las tradiciones culturales y académicas
(Fornet-Betancourt: 2007).
Pozzer y Cecchetti utilizan, inspirándose en R. Panikkar, la categoría ‘desarme’
para referirse a la actitud que se debería privilegiar como camino hacia la
superación de fanatismos, absolutismos e imposición de certezas que impiden la
convivencia. Tal desarme implica la autocrítica y la disposición para reconocer
que las culturas, religiones, tradiciones, conocimientos, valores y prácticas del
Otro, son legítimas y verdaderas, aunque sean distintas (Pozzer y Cechetti:
2016). Para ellos, el fundamento del diálogo es
des-armarse de sí mismo para poder establecer un diálogo en igualdad
de condiciones con el Otro. Una persona desarmada culturalmente no
busca convertir, imponerse, o transformar al Otro en objeto, ni entiende
sus saberes y valores como folclor o como algo que se tolera (Pozzer y
Cechetti: 2016, p. 22-23).