113
TEORÍA Y PRAXIS No. 33, Julio-Diciembre 2018
Luis Armando González
1
A Jon Sobrino
Hace 50 años, América Latina vivió uno de los acontecimientos más
extraordinarios en su historia reciente, cuando los obispos de la región
se reunieron, en 1968, en Medellín, Colombia, para celebrar la Segunda
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Una crisis económica
de envergadura estaba a las puertas, pues el proyecto de Industrialización
Sustitutiva de Importaciones mostraba severas limitaciones, socavado por
la inación y la poca competitividad internacional ya vislumbradas en los
años cincuenta
2
. La industrialización se había revelado como “incompleta o
trunca”, es decir, había dejado “huecos tanto grandes como pequeños en las
estructuras industriales de América Latina. Algunos de los vacíos, salvo que
hubiera intenciones de cubrirlos a costos muy altos por medio de la fabricación
local, tuvieron que ser colmados a base de importaciones conforme a las
exigencias de la demanda de dichas estructuras”
3
. En los años sesenta, la
crisis económica había agudizado los problemas estructurales de siempre: la
pobreza, la exclusión social y la marginalidad golpeando a amplios sectores
sociales, cuyas demandas ya no podían ser atendidas por el Estado, sometido
al poder de los militares
4
.
1
Licenciado en Filosofía, Maestro en Ciencias Sociales, luisinde61@gmail.com
2
Cfr. L. A. González, “Estado, mercado y sociedad civil en América Latina”. ECA, No. 552, octubre
de 1994, pp. 1045-1056.
3
V. L. Urquidi, Otro siglo perdido. Las políticas de desarrollo en América Latina (1930-2005).
México, Colegio de México-FCE, 2005, p. 159.
4
Cfr. A. O. Hirshman, De la economía a la política y más allá. México, FCE, 1984, Capítulo V:”El paso
al autoritarismo en América Latina y la búsqueda de sus determinantes económicos”, pp. 129-175..
Nuestros lectores opinan
MEDELLÍN: CONTEXTO, SIGNIFICADO
Y MEMORIA
ISSN 1994-733X, Editorial Universidad Don Bosco,
year 16, No.33, July-December de 2018, p. 113-119
iISSN 1994-733X, Editorial Universidad Don Bosco,
año 16, No.33, Julio-Diciembre de 2018, p. 113-119
No. 33
114
MEDELLÍN: CONTEXTO, SIGNIFICADO Y MEMORIA
Algo importante estaba sucediendo a mediados de los años sesenta: se
habían inaugurado, con un golpe de Estado en Brasil, en 1964, las dictaduras
militares, que en seguida fueron haciéndose del poder en distintos países
del Cono Sur. No era la primera vez que los militares irrumpían en la vida
política latinoamericana; de hecho, desde la época de la anarquía, en la
segunda mitad del siglo XIX, hasta los años treinta del siglo XX, los militares
tuvieron una presencia política permanente. Sin embargo, su participación
directa en el ejercicio del poder político se consideró, por lo general, como
algo temporal que, en aras de la legalidad constitucional, tenía que ser los
más breve posible
5
.
Lo novedoso en los golpes que se inician a mediados de los años
sesenta es que esta vez los militares llegan con la intención de quedarse en
el poder por un largo tiempo: el que fuera necesario para sentar sobre nuevas
bases la economía, reestructurar el Estado y “librar” a las sociedades de la
amenaza comunista. Es decir, “la emergencia de los regímenes autoritarios
parece constituir una respuesta a la crisis política de la sociedad y, al mismo
tiempo, representa el intento de materialización de un proyecto histórico
social... El elemento de crisis política deja en evidencia uno de los rasgos
fundamentales de estos regímenes: son ellos de reacción, de contención,
contrarrevolucionarios en algunos casos. Frente a la amenaza que se cierne
sobre el orden como fruto de la movilización popular acompañada de creciente
radicalización ideológica, polarización y, en algunos casos, de crisis de
funcionamiento de la sociedad, lo que se busca es poner orden, desmovilizar,
‘normalizar’, ‘apaciguar’. Ello exige la ruptura del régimen político, lo que a
su vez requiere de la presencia del actor dotado de la fuerza y, para algunos,
de la legitimidad: las FF.AA”
6
.
Los golpes militares –escribió en su momento Guillermo O’Donnel—
“se vincularon de manera estrecha con un alto grado de activación política
del sector popular, que aparecía como portador de una seria amenaza para
la preservación del orden social dado. Por otro lado, en íntima relación con
esa amenaza, y con los consiguientes temores de la burguesía y no pocos
sectores medios, se desencadenó una crisis económica que puede ser
sintetizada mencionando que, en el momento de los golpes de Chile en 1973 y
la Argentina en 1976 la inación superaba las tasas anuales del 500%, parecía
inminente la cesación internacional de pagos, la inversión externa había caído
drásticamente y los ujos de capitales en el exterior, legales e ilegales, deban
salvos masivamente negativos”
7
.
5
Cfr. P. González Casanova, Los militares y la política en América Latina. México, Océano, 1988.
6
M. A. Garretón, En torno a la discusión de los nuevos regímenes autoritarios en América Latina.
Santiago de Chile, FLACSO, Documento de trabajo, No. 98, septiembre de 1980, pp. 4-5.
7
G. O’Donnel, “Las Fuerzas Armadas y el Estado autoritario del Cono Sur de
América Latina” (1979). En G. O’Donnel, Contrapuntos. Ensayos escogidos sobre
autoritarismo y democratización. Buenos Aires, Piados, 2004, p. 99.
115
TEORÍA Y PRAXIS No. 33, Julio-Diciembre 2018
La revolución cubana (1959), y su inuencia creciente en sectores
signicativos de las sociedades latinoamericanas –especialmente, estudiantes
universitarios e intelectuales—, sostiene la convicción castrense de que la
seguridad nacional está en peligro y de que para salvaguardarla hay que
actuar sin contemplaciones de ningún tipo
8
. El surgimiento de grupos político-
militares de izquierda (Tupamaros, Ejército Revolucionario del Pueblo,
Movimiento Al Socialismo) y, en 1970, el triunfo electoral de Salvador Allende,
en Chile, los convence de que la “amenaza comunista” es algo real y de
que, por tanto, en sus manos está la defensa del mundo libre, occidental y
cristiano, tal como lo enseña la Doctrina de la Seguridad Nacional
9
. Así, “la
toma de poder por los militares, en Brasil, creó el primero de lo que llegaría a
ser toda una serie de regímenes con economía de mercado, no sólo eliminando
el gobierno civil sino suprimiendo también a los dirigentes y organizaciones
laborales, cerrando todos los canales establecidos de disidencia política y
social e invirtiendo radicalmente la política económica nacional”
10
.
El cierre de la década de los sesenta y los inicios de la década
siguiente ponen de maniesto la encrucijada en que se debatirá la región
latinoamericana a partir de entonces, y hasta nales de los años ochenta.
La violencia política, que tendrá como uno de sus focos a los Estados
autoritarios y como otro la violencia revolucionaria de agrupaciones de
izquierda, comienza a abrirse paso, sumándose a otras violencias de carácter
estructural e institucional. Es este el contexto en el que se realiza la Segunda
Conferencia de Obispos en Medellín. En 1968, la represión no se ha desatado
abiertamente, y con la fuerza que lo hará después, sobre un movimiento
popular –estudiantil, sindical, campesino— que, organizadamente, reclama
sus derechos no sólo económicos y sociales, sino también políticos. Hay unas
ansias de cambio en amplios sectores sociales que, en esos momentos, se
revelan como incontenibles para quienes temen por sus privilegios
11
. Hay
sufrimiento material y exclusiones políticas, pero también hay esperanza.
Los obispos latinoamericanos reunidos en Medellín se hacen cargo
de esta situación crítica y esperanzada. Mejor preparados que en 1955,
no dan la espalda a los retos que les plantea en esos momentos la realidad
histórica latinoamericana. Y ello por dos razones, una de carácter interno
8
También en Estados Unidos se refuerza esa convicción, misma que lleva no sólo a fortalecer a
los ejércitos latinoamericanos, sino a propiciar un esquema de asistencia económica y social para
América Latina a través de la Alianza para el Progreso, creada en 1960. Cfr., S. Webre, Revoluciones
inevitables. La política de Estados Unidos en Centroamérica. San Salvador, UCA Editores, 1989, pp.
191 y ss.
9
Cfr. J. Comblin, El poder militar en América Latina. Salamanca, Sígueme, 1978.
10
J. Sheahan, Modelos de desarrollo en América Latina. México, Alianza Editorial Mexicana, 1990,
p. 252.
11 Cfr. D. Camacho, R. Menjívar (Coordinadores), Los movimientos populares en América Latina.
México, Siglo XXI, 1989; R. Katzman, J. L. Reyna (Coordinadores), Fuerza de trabajo y movimientos
laborales en América Latina. México, El Colegio de México, 1979.
116
MEDELLÍN: CONTEXTO, SIGNIFICADO Y MEMORIA
y otra de carácter externo. Internamente, no sólo el Consejo Episcopal
Latinoamericano (CELAM) ha consolidado sus estructuras, sino que también
ha surgido una generación (formada por sacerdotes, religiosas y religiosos)
dispuesta a potenciar, inspirada en un pensamiento teológico liberador
12
,
las transformaciones que reclaman los sectores populares latinoamericanos.
Externamente, desde Roma, se hace sentir el inujo renovador del Concilio
Vaticano II, cuya Constitución Pastoral Gaudium et Spes proclama que el “gozo
y la esperanza, las tristezas y angustias del hombre de nuestros días, sobre
todo de los pobres y de toda clase de aigidos, son también gozo y esperanza,
tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”
13
.
Preocuparse por el gozo y la esperanza, las angustias y tristezas, de los
seres humanos, especialmente de los pobres y aigidos, supone preocuparse
por las condiciones económicas y sociales en las que estos viven. El Decreto
Ad gentes divinitus lo dice con claridad:
“trabajen los cristianos y colaboren con todos los demás hombres en
la recta ordenación de los asuntos económicos y sociales... Tomen
parte, además, en los esfuerzos de aquellos pueblos que luchando con
el hambre, la ignorancia y las enfermedades se esfuerzan en conseguir
mejores condiciones de vida y en armar la paz en el mundo”
14
.
Con los pies bien puestos en la realidad que les toca vivir, los obispos
reunidos en Medellín hacen suyos los graves problemas del continente.
“América Latina –sostienen— vive bajo el signo trágico del
subdesarrollo, que no sólo aparta a nuestros hermanos del goce de
los bienes materiales, sino de la misma realización humana. Pese a
los esfuerzos que se efectúan se conjugan el hambre y la miseria,
las enfermedades de tipo masivo y la mortalidad infantil, tensiones
entre las clases sociales, brotes de violencia y escasa participación
del pueblo en la gestión del bien común
15
”.
En la misma línea, hacen suya la principal novedad que plantea esa
realidad: las ansias de emancipación y de liberación.
12
Cfr. Entre otras obras, L. Boff, Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia.
Santander, Sal Terrae, 1980; L. Boff, Y la Iglesia se hizo pueblo. Bogotá, Ediciones Paulinas, 1986;
P. Berryman, Teología de la liberación. México, FCE, 1989.
13
Constitución Pastoral “Gaudium et Spes”. En Documentos completos del Vaticano II. Bilbao,
Mensajero, 1986, p.135.
14
Decreto “Ad gentes divinitus”. En Documentos completos..., p. 370.
15
CELAM, Río de Janeiro, Medellín, Puebla, Santo Domingo. Conferencias Generales del Episcopado
Latinoamericano. Santafé de Bogotá, 1994, II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.
Medellín. “La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio”. En Río
de Janeiro, Medellín, Puebla, Santo Domingo. Conferencias Generales del Episcopado Latinoameri-
cano..., p. 88.
117
TEORÍA Y PRAXIS No. 33, Julio-Diciembre 2018
“Estamos en el umbral de una nueva época histórica de nuestro
continente –dicen—, llena de un anhelo de emancipación total,
de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de
integración colectiva. Percibimos aquí los preanuncios de la gestación
de una nueva civilización... No podemos dejar de descubrir, en
nuestra voluntad cada día más tenaz y apresurada de transformación,
las huellas de la imagen de Dios en el hombre, como un potente
dinamismo”
16
.
O dicho de otra forma: “nuestros pueblos aspiran a su liberación y su
crecimiento en humanidad, a través de la incorporación y participación de
todos en la misma gestión del proceso personalizador”
17
. Liberarse y crecer
en humanidad supone transitar de condiciones de vida menos humanas a
condiciones de vida más humanas. Aquí los obispos se remiten a Pablo VI quien,
en su Encíclica Populorum progressio, sostuvo que el verdadero desarrollo
“es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos
humanas, a condiciones más humanas. Menos humanas: las carencias
materiales de los que están privados del mínimum vital y las carencias
morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las
estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener y del abuso
del poder, de las explotaciones de los trabajadores... Más humanas:
el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria
sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos,
la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en
la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el
espíritu de pobreza”
18
.
El contexto de América Latina exige de los cristianos “claridad para
ver, lucidez para diagnosticar y solidaridad para actuar”
19
. Con ese espíritu,
los obispos dan un paso trascendental: introducen la noción de “signos de
nuestros tiempos”, lo cual quiere decir que “las aspiraciones y clamores
de América Latina” se interpretan como “signos que revelan la orientación
del plan devino operante en el amor redentor de Cristo que funda estas
aspiraciones en la conciencia de una solidaridad fraternal”
20
.
Así pues, en Medellín los obispos asumen que la liberación es la
aspiración más importante del Pueblo de Dios. Y, de cara a esa aspiración,
especican el aporte que la Iglesia está obligada a ofrecer por delidad al
16
Ibíd., p. 95.
17
Ibíd., pp. 89-90.
18
Pablo VI, Populorum progressio, Nos. 20 y 21.
19
Ibíd., p. 88.
20
Ibíd.
118
MEDELLÍN: CONTEXTO, SIGNIFICADO Y MEMORIA
plan de Dios en la historia: a) ofrecer una visión integral del hombre y de
la humanidad, así como una visión integral del hombre latinoamericano;
b) ser solidaria con las responsabilidades que han surgido en esta etapa
de transformación de América Latina; y c) alentar los esfuerzos, acelerar
las realizaciones, ahondar en el contenido de ellas, penetrar el proceso de
cambio con los valores evangélicos
21
. Ahora bien, como paso previo, la Iglesia
latinoamericana debe “puricarse en el espíritu del Evangelio”, “vivir una
verdadera pobreza bíblica” para poder, entre otras cosas, “inspirar, alentar
y urgir un nuevo orden de justicia, que incorpore a todos los hombres [y
mujeres] en la gestión de las propias comunidades”
22
.
En su “Llamamiento nal” los obispos reunidos en Medellín dicen lo
siguiente:
“Llamamos a todos los hombres de buena voluntad para que
colaboren en la verdad, la justicia, el amor y la libertad, en esta
tarea transformadora de nuestros pueblos, al alba de una nueva era...
Queremos también advertir, como un deber de nuestra conciencia...
a aquellos que rigen los destinos del orden público. En sus manos
está una gestión administrativa, a la vez liberadora de injusticias y
conductora de un orden en función del bien común, que llegue a crear
el clima de conanza y acción que los hombres latinoamericanos
necesiten para el desarrollo pleno de su vida. Por su propia vocación,
América Latina intentará su liberación a costa de cualquier sacricio,
no para cerrarse sobre sí misma, sino para abrirse a la unión con el
resto del mundo, dando y recibiendo en espíritu de solidaridad”
23
.
Quizás el mayor signicado de Medellín estriba en haber vinculado
a la Iglesia con los procesos de liberación que marcaban a América Latina
en aquellos momentos y que, en las dos décadas siguientes, dieron pie a
un espiral de violencia estatal y paramilitar que golpeó con dureza no sólo
a laicos, sino a miembros de la Iglesia. Esa Iglesia que vivió la persecución,
la tortura y el asesinato, vividos por campesinos, obreros, estudiantes y
profesionales, supo leer los “signos de los tiempos” y supo ser una Iglesia de
los pobres. Transcurridos cinco décadas desde aquellos tiempos memorables,
muchas cosas han cambiado en la Iglesia y en la realidad latinoamericana. El
olvido y la desmemoria son la peor amenaza que se cierne sobre lo realizado
por quienes aportaron compromiso y sacricio en el pasado reciente de
nuestras sociedades. Esta etapa de la Iglesia latinoamericana –sin la cual no
se entiende la vida, obra y muerte del beato Oscar Arnulfo Romero— corre el
riesgo de quedar sepultada en los resquicios más inertes del olvido.
21
II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano..., p. 89.
22
Ibíd., p. 91.
23
Ibíd., p. 92.
119
TEORÍA Y PRAXIS No. 33, Julio-Diciembre 2018
No hay que permitirlo. Hay que mantener vivo el recuerdo, los
compromisos y las prácticas de inserción socio-política suscitadas por
Medellín –y cimentadas en Puebla en 1979—, de forma tal que la buena nueva
de Jesús de Nazaret siga llegando a quienes son violentados en sus derechos y
su dignidad por minorías que concentran el poder y la riqueza.
Los trabajos que integran este número de Teoría y Praxis expresan,
cada uno a su manera, no sólo un homenaje a Medellín en sus 50 años, sino un
esfuerzo por rescatar algunos de los aportes más signicativos de Medellín, en
primer lugar, en la comprensión de los problemas sociales en la región (lo cual
es abordado en el artículo “La cuestión social en América Latina a la luz de
Medellín”); en segundo lugar, en los planteamientos sobre la paz y la justicia
elaborados por los obispos (lo cual se trata en el artículo “La paz y la justicia
en el documento de Medellín”); en tercer lugar, en el sentido y signicado del
encuentro de los obispos latinoamericanos (lo cual es abordado en el artículo
“Medellín, Buena Nueva para América Latina”); y por último, en su relevancia
para el fomento de una educación liberadora y popular (lo cual es abordado
en dos artículos: “Educación liberadora: para la transformación de América
Latina” y “Medellín y el despertar de una educación popular”). (Aquí habría
que incluir una mención al artículo que falta llegar, de Álvaro Artiga)
Se trata, en su conjunto, de aportes de un enorme valor en cuanto
reexión histórica, pero también en cuanto al compromiso ético que cada
uno de los autores ha cimentado a partir, precisamente, de las enseñanzas
de Medellín y su impacto en El Salvador, a través de personalidades eclesiales
como el P. Rutilio Grande, Monseñor Arturo Rivera Damas, el beato Romero
y los jesuitas de la UCA, lo mismo que del ejemplo y sacricio de párrocos,
monjas y delegados de la palabras que se hicieron cargo de la exigencia de
Medellín de caminar “en la verdad, la justicia, el amor y la libertad”.
San Salvador, 17 de abril de 2018