
Leer se entiende como la acción de decodificar, así como comprender
indistintamente un texto. No obstante, leer va más allá de esto. Es un acto consciente
y consensuado que surge a partir de acciones que invitan a la realización de esta
acción, es decir la lectura. Leer es una actividad donde se fomenta el diálogo con el
texto. Esta interacción propicia una relación favorable cuando se práctica de manera
constante y habitual. Esta acción implica una variedad de percepciones y acciones
mentales que, en algunas ocasiones, dan pie al conocimiento. De ahí la importancia
de llevarla a cabo con frecuencia. “Leer es decodificar: letras, palabras, sentidos,
estructuras, y eso es incontestable” (Barthes, 1994, p. 48).
Por otro lado, Ramírez (2009) menciona que leer es el verbo y la lectura es el
sustantivo (p.163). Al ser un sustantivo, pone en movimiento una serie de elementos
que acompañan a esta palabra, entre ellos, la comprensión, la interacción, la
vinculación con el texto, los tipos de lectura, el desmenuzamiento del significado,
la comunicación. Es decir, “la lectura es un proceso personal, complejo, variable y
abierto. Cada ser humano hace una lectura distinta de un mismo texto” (Orozco y
Pérez, 2021, p. 10).
Desde esta perspectiva, la lectura es una actividad humana que propicia la
generación de saberes, experiencias, sensaciones, emociones, gustos, disgustos, entre
otros. La ejecución del verbo leer tiene una gran variedad de formas y ahí también
se encuentran sus riquezas. La lectura silenciosa, en voz alta, guiada, recreativa, por
mencionar algunas. De igual forma, están los niveles de lectura que permiten dar
cuenta del grado de apropiación, desde un ámbito cognitivo, del texto.
Como se puede observar, leer y lectura son palabras que evidentemente están
vinculadas, pues ambas emanan de la relación que el individuo genera con el texto.
El primero como acción consciente y la segunda como un fenómeno complejo
que articula múltiples dimensiones y funciones. Por lo anterior, la práctica de leer
resulta fundamental para fortalecer la relación entre lector y texto, así como para el
favorecimiento de procesos de comprensión cada vez más profundos.
Esta práctica constante fomentará hábitos lectores idóneos para mejorar la
competencia lectora. Esta última entendida como la habilidad de comprender un
texto y, a partir de lo anterior, socializar lo aprehendido. Esta socialización implica
una comprensión profunda del texto, misma que concede un análisis reflexivo y
crítico. No obstante, este ejercicio, a su vez, involucra una serie de elementos, entre
ellos, la conexión que el lector tiene con el texto, pues “la competencia lectora implica
un proceso que parta del interés por los textos escritos y que conlleve a la reflexión de
estos” (Acevedo, 2016, p.58).
La competencia lectora se vale de la comprensión, pues es el paso que complementa
la acción de comprender. Cuando se es competente lector, la lectura trasciende del
“yo” -agente cognitivo- al “nosotros” -colectivo de saberes- en un ejercicio exógeno,
debido a que aquello que se comprende se resignifica al momento de reflexionar
críticamente en la sumatoria lecturas y conocimientos anteriores. Por tanto, la
competencia lectora conlleva una red de saberes en conexión directa con el texto o
los textos entre sí.
Gabriela del Carmen Maciel Sánchez, Zilia Verónica Martínez Esquivel y Rafael Alejandro Zavala Carrillo
Las prácticas de lectura y su relación con la competencia lectora de estudiantes normalistas
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